En política “lo que resiste, apoya”, fue la épica frase de Reyes Heroles que la dominante clase política de su tiempo, la década de los años setenta del siglo XX, ovacionó y colocó en el nicho de los paradigmas a seguir para perfeccionar a un sistema político que comenzaba a crujir y se requería abrir las válvulas para desacelerar la creciente presión social. El resultado fue una reforma electoral (1977) que permitió a la oposición política participar abiertamente en el proceso de renovación social y política tan necesarios en el país. Por esa reforma electoral que favoreció al pluralismo político, de espíritu incluyente, se abrió la puerta a la militancia de izquierda para que se expresara por los canales institucionales, como lo venía haciendo ya “la derecha” a través de un PAN cada vez más revitalizado. El nuevo marco normativo dio oportunidad a la sinergia unificada de los extremos ideológicos para exigir del gobierno “de centro”, priista, atendiera sus propuestas relativas a la creación de órganos autónomos que sirvieran de barrera institucionalizada contra el autoritarismo presidencial. Así se dio vida a la autonomía del Banco de México, se crearon el IFE, el Tribunal Electoral, el Instituto Federal de Telecomunicaciones, el Instituto Nacional de Transparencia (INAI), el INEGI, el CONEVAL, la Comisión Reguladora de Energía (CRE), la Comisión Reguladora de Hidrocarburos (CRH), el Seguro Popular, etc., a la par de un Poder Judicial genuinamente autónomo como contrapeso al Poder Ejecutivo. Lamentablemente (esto es histórico y no admite respuesta retórica) la gran mayoría de esos avances institucionales ya desapareció bajo el ímpetu “renovador” del gobierno de López Obrador y de su sucesora, para en su lugar instalar un gobierno “del pueblo”, “cercano a la gente”, cualquier cosa que esos conceptos signifiquen para la actual clase gobernante.Pero nuestro sistema político aún circula entre los de índole democrática, y, pese a aquel desmantelamiento institucional, la ciudadanía mantiene la oportunidad de realizar giros políticos a través de su voto. Es en ese contexto donde tiene participación protagónica la oposición integrada en partidos políticos, cuya resistencia apoya al sistema, que no al gobierno. En ese discutido horizonte, no pasa inadvertida la actitud del actual gobierno “de izquierda” frente a la oposición política, por el rotundo contraste porque antaño a los opositores de “izquierda” se le abrieron las puertas de la participación democrática, pero adueñados ya del poder, la mutación los induce a combatir a sus adversarios con ánimo persecutorio para borrarlos del mapa político. Allí reside la paradoja entre una oposición política cuya existencia justifica la democracia y un gobierno que en el mejor de los casos la ignora, o en el escenario peor, intenta su extinción. Mala señal, porque el hábitat de un sistema político sin partidos de oposición no coexiste con la democracia, sino con todo lo contrario.
