Por Raúl Vázquez Montoya
Agosto 24, 2026.
Francis Bacon advertía: “Si comienza uno con certezas, terminará con dudas; más si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas.”
Esa reflexión ilumina el dilema actual: en un escenario de polarización política, donde las ideologías de un partido en el gobierno, convertidas en dogmas, se imponen como verdades oficiales que condicionan la acción pública, la política deja de ser un espacio de negociación, se erosiona la capacidad de construir consensos y se reduce la eficacia para afrontar las crisis internas.
El crimen organizado, designado por Estados Unidos como organizaciones terroristas, vinculado al consumo de fentanilo y otras drogas que han cobrado miles de vidas, aparece como una amenaza central para la seguridad nacional.
La estrategia se ha transformado en palanca geopolítica: alianzas redefinidas, inteligencia compartida y presión sobre gobiernos que mantienen estructuras de protección e impunidad.
Surge la pregunta: ¿cuál es el verdadero propósito de Estados Unidos? ¿Combatir el narcotráfico y desmantelar los narco-gobiernos, o impulsar cambios de régimen como parte de una reconfiguración regional que fortalezca a la derecha?
Todo indica que Estados Unidos busca negociar un cambio de gobierno moderado, pactado a corto plazo, que modifique las dinámicas de poder y obligue a México a actuar contra los narcos políticos, ofreciendo resultados a su propio electorado.
México, mientras tanto, permanece atrapado en dinámicas de confrontación interna que desgastan sus instituciones. La batalla, debe ser estructural: romper la simbiosis entre crimen organizado y poder político. Mientras esa frontera siga difusa, cualquier estrategia será insuficiente y toda política de seguridad apenas un paliativo.
La falta de acción no solo agrava la crisis interna, sino que abre la puerta a que Estados Unidos escale sus medidas y justifique acciones unilaterales bajo el argumento de proteger a su población.
La presión sobre el gobierno mexicano no se limita a declaraciones. La inacción se interpreta como complicidad, y el discurso oficial aparece atrapado en la retórica. Apela a la soberanía, rechaza la intervención, pero no ofrece resultados contundentes contra las estructuras de protección e impunidad.
La pregunta es inevitable: ¿Puede México sostener la narrativa de soberanía sin mostrar resultados concretos en el combate al crimen organizado?
En este tablero emerge la figura de Omar García Harfuch, calificado como “socio de confianza” y “buen amigo de Estados Unidos”. Su trayectoria lo posiciona como interlocutor privilegiado, capaz de articular cooperación en inteligencia y medidas de seguridad sin romper con la narrativa de soberanía.
La incógnita ahora es cómo reaccionará el obradorismo ante el reconocimiento de Omar García Harfuch por parte del gobierno estadounidense, específicamente la DEA. Este respaldo lo coloca como interlocutor privilegiado en la cooperación bilateral y como opción política con aval externo, una combinación que inevitablemente tensiona las dinámicas internas del movimiento.
¿Intentará el obradorismo neutralizarlo políticamente o presionará para destituirlo antes de que se consolide como opción respaldada por Estados Unidos?
La cancelación de la visa de Andrés Manuel López Beltrán no es un hecho aislado: abre un escenario de negociación dentro de la estrategia estadounidense. Puede convertirse en ficha de cambio, presión para entregar a alguien del círculo cercano como muestra de cooperación.
El gobierno mexicano debe recurrir a una estrategia de control de daños. No significa rendición, sino la capacidad de recomponer la imagen de gobierno, mostrar resultados concretos y contener la narrativa externa que lo acusa de inacción.
La salida más probable es una negociación a corto plazo, con mecanismos de cooperación que permitan a ambos gobiernos exhibir avances sin fracturar la relación bilateral.
En este contexto, la figura de Omar García Harfuch y las presiones externas dibujan un escenario donde las dudas iniciales -como advertía Bacon- pueden transformarse en certezas incómodas para el futuro político de México.
