Parte de nuestra naturaleza es el vínculo social, somos seres altamente necesitados del contacto con otros, estamos hechos de historias las empresas lo saben, incluidas aquellas enfocadas en la tecnología que busca mantenernos el mayor tiempo posible detrás de una pantalla. No es casualidad que las publicaciones más virales tengan que ver con historias que nos hacen sentir que hemos vivido eso, que nos remueven emociones o que nos generan cierto deseo, el algoritmo sabe perfectamente cómo funciona nuestro cerebro ante cada publicación, porque quizás cada idea fue previamente insertada por el tiempo que pasamos navegando en las múltiples redes del celular.
¿Cuánto tiempo pasamos en pantalla? Quizás más de 1 hora al día, durante ese tiempo más de un 30% corresponde al uso de redes sociales cuando se trata de personas adultas, sin embargo, en adolescentes ese tiempo puede superar el 50%, de ahí que TikTok sea la nueva forma de acceder a la información al igual que Chat GPT, como lo fue para otras generaciones el uso de buscadores como Yahoo! o incluso Google.
Facebook entra en ese conglomerado de grandes empresas de la tecnología que cambiaron el mundo, comenzó como una red social que buscaba conectar personas y poco a poco se transformó en una de las empresas más grandes de plataformas digitales, cambiando el nombre de su matriz a Meta, justo en medio de un gran escándalo de reputación que quizás no tuvo el foco debido en 2021 por tratarse de un caso en medio de plena contingencia sanitaria mundial pero ahora Aaron Sorkin nos invita a la reflexión colocando nuevamente el caso en las pantallas con la película: “El poder de la red”.
Por medio de una dramatización de la serie de artículos publicados por el Wall Street Journal nos recuerda que quizás nuestra forma de pensar tiene mucho que ver con la manera en la que nos vinculamos en el mundo digital y esta a su vez va estrechamente relacionada con nuestra edad, los usuarios más jóvenes tienen mayor conocimiento digital, pasan más horas en las pantallas y esto se traduce en interacciones que compañías como Facebook suelen capitalizar.
En la producción cinematográfica entendemos con palabras simples el poder de las interacciones, si cada publicación virtual fuese un avatar de videojuego un like equivale a un bonus, las reacciones con mayor emoción ya sean positivas o negativas aumentan el porcentaje de avance, pero las publicaciones compartidas son como una vida extra, dándote mayor posibilidad de aparecer en el feed, esto se hizo público gracias a la valentía de Frances Haugen, quien publicó documentos internos que visibilizaban la forma de operar de Facebook, justo pocos años después de otro escándalo similar: Cambridge Analytica.
Pese a los años transcurridos, retomar el caso no es solo por juzgar el papel del mundo digital en nuestros días, sino la responsabilidad que tenemos como usuarios donde muchas veces pecamos de ilusos y confundimos popularidad con veracidad, ¿realmente piensas así o es el algoritmo que con exceso de ciertas publicaciones ha moldeado el criterio y nos ha mostrado múltiples tendencias?
Incluso el entretenimiento puede ser una muestra de lo anterior, donde lanzamientos se vuelven altamente deseables porque saben perfectamente cómo hacer que se cuenten las historias, esto es lo que Facebook en su momento llamó MSI (Meaningful Social Interactions), es decir interacciones sociales significativas, donde más que likes buscaba dar mayor prioridad a publicaciones que muevan las emociones, no obstante cuando los documentos se hicieron públicos, fue evidente que directivos de las plataformas sabían que las publicaciones más populares serían las radicales, noticias falsas y contenido que podía incentivar a la desinformación.
Bajo el pretexto de hacer valer la libertad de expresión se permitía que los usuarios subieran contenido sin mayor restricción lo que a su vez generaba una mayor radicalización de usuarios, daños a la salud mental e incluso el aprovechamiento de grupos delictivos de esta plataforma. De esto último hemos visto las consecuencias en casos como el Rancho Izaguirre. La pregunta aquí es ¿cómo podemos protegernos sin vivir en una total desconexión?
Desde mi apreciación personal creo en el poder de la tecnología, en nuestro libre albedrío pero también sé qué impacto tienen las historias, y aunque no creo que las regulaciones gubernamentales sean la respuesta a todo, si considero necesaria una participación más neutral en políticas que regulen el uso de las plataformas y exijan mayor transparencia a cómo es usada la información que voluntariamente entregamos día con día.
