El mejor diagnóstico de una época no se encuentra en los discursos grandilocuentes ni en las estadísticas macroeconómicas, sino en la especificación de la vida humana. Es en los rostros concretos, en las decisiones políticas y en las contradicciones cotidianas donde se revela el verdadero estado de una civilización. Y lo que hoy observamos no es progreso, sino un inquietante retroceso civilizatorio.
Mientras miles de jóvenes ucranianos y rusos mueren en las trincheras, el presidente Volodymyr Zelenskyy sostiene reuniones con jefes de Estado del Medio Oriente para promover y comercializar tecnología de drones. La imagen es tan elocuente como perturbadora: la guerra convertida en vitrina tecnológica y el sufrimiento humano reducido a una oportunidad de negocio. La vida de una generación sacrificada contrasta brutalmente con la sofisticación de los dispositivos diseñados para perfeccionar la destrucción.
Esta contradicción no es un hecho aislado, sino el síntoma de una transformación más profunda. Europa, que durante décadas se presentó como baluarte de los valores ilustrados, destina hoy miles de millones de euros a la industria armamentista, consolidando una economía de guerra que desmiente su discurso humanista. Rusia, aferrada a una narrativa imperial, perpetúa un conflicto que evidencia el fracaso del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, por su parte, bajo el liderazgo de figuras como Donald Trump, ha contribuido a normalizar el uso de la fuerza y el desprecio por las instituciones multilaterales, debilitando aún más el ya frágil andamiaje del derecho internacional.
En Medio Oriente, las contradicciones alcanzan niveles trágicos. El Estado de Israel, nacido del horror del genocidio, se encuentra hoy inmerso en dinámicas de expansión territorial y confrontación permanente, justificadas en nombre de la seguridad nacional. Paralelamente, la amenaza constante de un conflicto con Irán mantiene a la región en un estado de tensión que perpetúa el ciclo de violencia y sufrimiento humano. La memoria histórica, lejos de constituirse en garantía de paz, es utilizada como argumento para legitimar nuevas formas de dominación.
América Latina tampoco escapa a este escenario. La presión internacional sobre Venezuela y las constantes injerencias externas reflejan la persistencia de una lógica geopolítica en la que la soberanía de los pueblos queda subordinada a intereses estratégicos y económicos.
En el ámbito nacional mexicano, el deterioro del debate público es igualmente evidente. La oposición política, lejos de articular un proyecto alternativo de nación, se ha refugiado en la estridencia mediática y en la repetición de consignas vacías. Figuras como Lilly Téllez encarnan a los tránsfugas convertidos en tribunos de pacotilla, cuya práctica política se sustenta en el escándalo más que en la construcción de propuestas. Esta estrategia recuerda inevitablemente la máxima propagandística asociada a Joseph Goebbels, según la cual una mentira repetida innumerables veces puede adquirir apariencia de verdad.
Frente a este panorama, el partido gobernante, Morena, ha intentado reconfigurar el papel del Estado y orientar la acción pública hacia el bienestar social. Sin embargo, la debilidad de los contrapesos democráticos y la creciente polarización política evidencian que el problema trasciende la coyuntura partidista: se trata de una crisis estructural de la civilización moderna.
Lo que estas escenas revelan es el agotamiento de la episteme ilustrada en su forma hegemónica. La razón ha sido sustituida por la lógica del mercado y de la guerra; la democracia, por el espectáculo mediático; y la dignidad humana, por su instrumentalización política. Nos encontramos ante un momento histórico en el que los nuevos padres de las hordas primitivas imponen la fuerza como principio de organización social, mientras los tribunos de pacotilla degradan el debate público y obstaculizan la construcción de alternativas.
La pluralidad atrapada en una narrativa obsoleta
La política ha transitado de la pluralidad de ideas a una pragmática basada en un discurso neoliberal ajeno a los ideales de la Ilustración. Ha dejado de implicar una diversidad real de concepciones sobre cómo organizar la vida en sociedad y resolver los problemas que ella misma genera. Las narrativas ilustradas, que alguna vez prometieron reflejarse en el bienestar social, se desvanecen ante los exabruptos contemporáneos, que ya no permiten hablar ni de progreso ilustrado ni, mucho menos, de la luz de la razón.
Por una parte, observamos a una Europa acordando miles de millones en inversión para la defensa de Ucrania y la fabricación de drones; a una Rusia anquilosada en el aislamiento posterior a la Segunda Guerra Mundial, intentando conservar cierto prestigio mientras defiende su enclave eslavo; y a unos Estados Unidos que, despojados de la máscara del discurso ilustrado, actúan sin ambages como el sicario que impone su ley a golpes y balazos, tanto en el plano diplomático como en el desprecio por el derecho internacional y los organismos supranacionales como la ONU.
Privados ya de la hipocresía que durante siglos -al menos a lo largo del siglo XX y parte del XXI- sostuvo la ilusión de un proceso civilizatorio orientado al bienestar y a formas sofisticadas de democracia, hoy asistimos al despliegue abierto del poder desnudo.
Basta ver los miles de millones de dólares y euros invertidos en la sofisticación del armamento; ver al padre de la horda primitiva, Donald Trump, imponer como único discurso el de la fuerza para defender los intereses de una élite minoritaria que concentra las riquezas del mundo. Sin pudor alguno, invadió Venezuela, secuestró a su mandatario -acusado de dictador-, mientras otros regímenes autoritarios son recibidos con cordialidad en el despacho Oval, siempre que representen intereses estratégicos para Estados Unidos.
Del mismo modo, se justifica el ataque violento contra Irán bajo el argumento de salvar al mundo de un hipotético ataque nuclear, aun cuando el verdadero peligro para la humanidad provenga de quienes detentan el poder. Paralelamente, vemos a un Israel alimentado por el resentimiento histórico, expandiéndose en el enclave que le fue otorgado tras la Segunda Guerra Mundial: un Estado que ha transitado de víctima a victimario, del sufrimiento genocida a prácticas genocidas, extendiendo su dominio incluso hacia el Líbano bajo el pretexto de proteger sus fronteras.
A nivel global, estas contradicciones son evidentes. A nivel local, México enfrenta una realidad igualmente preocupante: una oposición empobrecida, distante de aquella vieja clase política -si es que puede llamársele así- que al menos conservaba las formas del debate. Sus herederos, vástagos sin oficio ni proyecto, parecen incapaces de ejercer una oposición mínimamente articulada.
Ejemplo de ello es la figura histriónica e histérica de Lilly Téllez, proveniente de la iniciativa privada y ligada a los intereses de Televisión Azteca, que pretende hacer oposición mediante el exabrupto permanente. Una y otra vez, la oposición intenta presentar como males recientes problemas estructurales del país, afirmando que surgieron espontáneamente con la llegada de los gobiernos obradoristas. Pretenden convencer ingenuamente a un pueblo de que estos últimos ocho años representan el peor momento de la historia nacional, cuando la realidad, una y otra vez, desmiente tal narrativa.
Hoy, incluso, piden auxilio al padre rubio de la horda primitiva, repitiendo sin cesar consignas como narcoestado y otras sandeces infantiles, actuando como discípulos tardíos de Goebbels, sin advertir que esa estrategia comunicativa pertenecía a una época en la que la información no era masiva ni instantánea como lo es hoy.
La propia oposición, en su pequeñez política, no comprende que esa táctica ya no funciona en un ecosistema comunicativo caracterizado por la multiplicidad de fuentes y el acceso inmediato a la información. Aun así, insiste en una estrategia mediática de corte abiertamente fascista, creyendo que con ello podrá volver “al pinche poder”.
Ingenuamente, no advierten que, cuando menos, deberían plantear una idea de país para competir electoralmente con Morena, un partido que, con todas sus limitaciones, ha intentado hacer funcionar las instituciones del Estado, defender la soberanía y trabajar en favor de las mayorías y de los sectores más necesitados. Lo ha hecho mediante un sistema de bienestar que, pese a las críticas exageradas, marca una diferencia sustantiva frente al vacío discursivo de la oposición, aun cuando todavía quede mucho por hacer.
Preparar el terreno para una nueva salida
Evidenciar estas contradicciones no constituye un ejercicio de pesimismo, sino una condición necesaria para la transformación. Antes de señalar la salida, es imprescindible nombrar con precisión el desastre. Este diagnóstico es el terreno desde el cual pueden germinar nuevos conceptos capaces de reconstruir el proyecto civilizatorio: la otra salida de la Ilustración y el sujeto nodal -o nodario- para la república municipal.
La nueva Ilustración no puede limitarse a reproducir esquemas agotados. Requiere una epistemología que integre la pluralidad de experiencias humanas y sitúe la vida en el centro de la organización social. En este contexto, el sujeto nodal emerge como un agente articulador de comunidades, saberes y proyectos colectivos, capaz de reconstruir la función del Estado desde lo local hacia lo global.
Desde el suelo, donde las decisiones del poder se traducen en vidas truncadas y esperanzas postergadas, el diagnóstico es contundente: vivimos un retroceso civilizatorio. Sin embargo, también desde ese mismo suelo pueden surgir las semillas de una nueva etapa histórica. Nombrar a los mercaderes de la guerra, a los tribunos de pacotilla y a los nuevos padres de las hordas primitivas es el primer paso para desmontar su hegemonía.
Solo a partir de esta clarificación será posible abrir camino hacia la otra salida de la Ilustración, donde el sujeto nodal y la república municipal se constituyan como pilares de una civilización renovada, orientada por la razón, la justicia y la dignidad humana.
