La corrupción, esa perniciosa practica en relación simbiótica con la política en México no es de nuevo cuño, aunque debe reconocerse que en la actualidad está alcanzando picos de muy elevada consideración en contraste con un discurso en cuyo eje principal estaba la lucha contra ese cáncer social. El escenario se torna muy preocupante porque en el ánimo colectivo se percibe que ya lo hemos normalizado los mexicanos, lamentablemente. Hoy, más que en el ayer, se multiplican los casos de funcionarios públicos acusados de corrupción sin respuesta que señale hacia su corrección, porque es notable ya la diferencia, antaño, varios gobernadores fueron encarcelados acusados de malversar fondos públicos, ahora, en los últimos ocho años ningún gobernador, que no sea de la oposición, ha sido vinculado a proceso pese a notables evidencias de corrupción en su contra.

En el amanecer del gobierno de Peña Nieto se diseñó la estrategia que pretendía colocar en el imaginario colectivo la imagen de un PRI renovado, “el Nuevo PRI” fue el slogan de esa campaña, se había nombrado a Humberto Moreira, exgobernador de Coahuila, al frente del CEN priista. Poco estuvo en ese encargo porque senadores del PAN descubrieron públicamente algunas fechorías de Moreira al frente del gobierno de Coahuila, lo que provocó su salida de la presidencia priista. Para reforzar la estrategia modernizadora del gobierno de Peña, el presidente se tomó una fotografía con gobernadores de su partido, que resultó históricamente clásica porque buen numero de esos gobernadores fue acusado por malversar fondos públicos y pagaron con cárcel su fechoría: los Duarte, de Veracruz y Chihuahua, Borges de Quintana Roo, entre ellos.  El escándalo acompañó a Peña Nieto y elevó decibeles cuando se divulgó la noticia sobre “la Casa Blanca”, la oposición de ese entonces aprovechó el caso para estimular la animosidad popular en contra del gobierno y convocó a una cruzada nacional contra la corrupción. López Obrador ofreció terminar con la corrupción, pero al concluir su periodo de gobierno ese monstruo había aumentado su tamaño, con la diferencia respecto del gobierno de Peña Nieto de no haber mandado a ninguno de los depredadores tras las rejas. Ya estamos en el umbral del segundo año de gobierno de Claudia Sheinbaum, y el monstruo de la corrupción sigue allí, imperturbable y señorial.