La política mexicana suele padecer de un mal recurrente: la tentación de copiar recetas ajenas sin analizar las circunstancias propias. Apenas se conoció el contundente triunfo del PRI en la elección de diputados locales en Coahuila, no faltaron quienes comenzaron a construir castillos en el aire imaginando que el mismo fenómeno podría repetirse automáticamente en Veracruz en la próxima contienda electoral. Como si la política fuera una franquicia que funciona igual en cualquier parte del país.
La realidad, sin embargo, suele ser mucho más compleja y menos complaciente con los deseos de quienes confunden la esperanza con el análisis.
Coahuila no es Veracruz. Y no lo es por razones históricas, sociales, económicas y, sobre todo, políticas.
El resultado coahuilense envió un mensaje claro. En aquella entidad, Morena cayó en el exceso de confianza. La lógica fue simple: si los programas sociales federales mantienen altos niveles de aceptación ciudadana, entonces el triunfo electoral estaría prácticamente garantizado. El problema es que la política no se gana únicamente repartiendo beneficios. También exige organización territorial, presencia permanente, contacto con la ciudadanía y trabajo político cotidiano.
La soberbia electoral suele ser una pésima consejera.
Mientras en Coahuila algunos operadores morenistas parecieron asumir que la elección ya estaba resuelta antes de comenzar la campaña, el PRI mantuvo una estructura funcional, una organización territorial activa y una relación permanente con diversos sectores sociales. Podrá gustar o no, pero el priismo coahuilense sigue teniendo vida política real.
Veracruz presenta un escenario completamente distinto.
Aquí la gobernadora Rocío Nahle ha desarrollado desde el inicio de su administración una intensa agenda de trabajo que difícilmente puede ser cuestionada incluso por sus adversarios más severos. La mandataria estatal recorre municipios, supervisa obras, atiende demandas ciudadanas y mantiene presencia constante en la agenda pública.
Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, existe un hecho observable: la actividad gubernamental es permanente.
Y eso genera una diferencia sustancial respecto a otras entidades donde los gobiernos descansan excesivamente en la popularidad presidencial o en la inercia de los programas sociales.
En Veracruz existe un gobierno estatal que trabaja y que busca construir resultados propios. Eso modifica completamente la ecuación política.
Pero además existe otro elemento que muchos analistas pasan por alto cuando intentan trasladar mecánicamente el caso Coahuila al territorio veracruzano: la condición actual del PRI.
Mientras en Coahuila el partido conserva estructura, cuadros competitivos y capacidad operativa, en Veracruz la situación es radicalmente distinta.
La dirigencia estatal parece haber reducido buena parte de su actividad a la organización de conferencias de prensa para señalar errores gubernamentales. La crítica es legítima y necesaria en toda democracia. El problema surge cuando la crítica sustituye al trabajo político.
Porque los partidos no ganan elecciones únicamente denunciando. Las ganan organizándose.
Y precisamente ahí aparece la principal debilidad del priismo veracruzano.
La estructura territorial que durante décadas constituyó su principal fortaleza hoy luce fragmentada, debilitada y, en muchos municipios, prácticamente inexistente. A ello se suma la salida de figuras con experiencia y liderazgo político. El caso más significativo es el de Américo Zúñiga Martínez, ex dirigente estatal, ex alcalde y ex diputado local, cuya renuncia simboliza mucho más que una baja individual: representa el desgaste acumulado de un proyecto político incapaz de reconstruirse.
El PRI veracruzano enfrenta una paradoja cruel. Critica a Morena como si siguiera siendo una fuerza competitiva equivalente, cuando en realidad primero tendría que resolver sus propias crisis internas, recuperar cuadros, reconstruir estructura y volver a conectar con la ciudadanía.
La política no premia la nostalgia.
Quienes creen que el resultado de Coahuila anticipa automáticamente una derrota de Morena en Veracruz olvidan que las elecciones se ganan en el territorio, no en los comunicados; en las calles, no en los recuerdos; y con organización real, no con conferencias de prensa.
Porque mientras unos trabajan para gobernar, otros parecen conformarse con administrar los restos de un partido que alguna vez fue poderoso y que hoy confunde el eco de sus críticas con la fuerza que ya no tiene.
