La genealogía de los partidos políticos en México se asocia al tipo de la clase política que prevaleció en este país en buena parte del siglo XX, de manera acentuada durante la hegemonía del PRI. Un periodo que pudiéramos delimitar entre 1929 y 1988, año este último a partir del cual el PAN y el PRD comenzaron a demostrar mayor beligerancia traducida en triunfos electorales: el PAN aprovechándose de las fracturas al interior del PRI y el PRD en su persistente intención de desaparecer del mapa político mexicano al PRI. Debemos enumerar como una de las causas la actitud negociadora del PAN, porque dio lugar al fenómeno calificado como “prianismo”. En ese contexto, la clase política predominante fue la de índole priista, caracterizada por su disciplina ante la consigna partidista y su actitud acrítica ante el gobierno, fue ese el mecanismo perfecto para mantener al PRI en el poder. como una vía política no burocrática del gobierno. La clase política del PAN, acostumbrada a vivir en la oposición, mantuvo un perfil diferente al priismo, más apegado hacia su ideario doctrinario, hasta la escisión del Foro Doctrinario y Democrático en 1992, alegando su rechazo a la incorporación de empresarios a su línea electoral, el pragmatismo sobre la doctrina. En la clase política emanada del PRD se confundían los intransigentes a cualquier negociación con el poder, respecto de quienes se inclinaban a la negociación para acceder al poder y a los beneficios que éste procura. La única coincidencia entre esos perfiles radica en el denominador común que los identifica: la corrupción en el ejercicio del poder político.
Ahora, en “los momentos estelares de la Cuarta Transformación” somos testigos del encumbramiento de una clase política nueva, “diferente” a la del “prian”. Provienen del “pueblo” (cualquier cosa que eso sea), “no son iguales”, dicen. Llevan 8 años en el poder y van por más, nada extraño porque para eso se forman los partidos, para alcanzar el poder y mantener su posición. Durante ese tiempo en el poder, esta clase política ha demostrado que su fruición hacia el beneficio personal no la hace diferente a las anteriores. La corrupción, que imperó como denominador común en el PRI, en el PAN y en el extinto PRD, también permea en MORENA. No es lo que más preocupa en estos momentos a la cúpula de esa militancia. La dinámica de los acontecimientos acondicionada por la intensa difusión de averiguaciones proveniente del gobierno estadounidense ha señalado a destacados miembros del oficialismo mexicano con presuntos nexos con la delincuencia organizada, esa circunstancia es aprovechada por la oposición política interna para calificar al partido dominante como un “narcopartido”, la perseverancia con que se difunde ha provocado su instalación en la conciencia colectiva de este país, lo cual le es motivo de preocupación porque estamos en el umbral de un proceso electoral. Si allí se detuviera ese estigma el gobierno posee mecanismos de propaganda para controlar los daños; pero la gravedad del problema deviene de un factor sobre el cual no se tiene control alguno: el gobierno de Estados Unidos tiene en el centro de sus políticas públicas el combate a los cárteles de la droga, y lleva inherente el desmantelamiento de las redes de protección, y allí está el detalle de una narrativa de muchos episodios por venir.
