¿Para que el gobierno funcione, los políticos deberían ser cultos y preparados, o preferimos una sociedad conformista que se conforme con recibir lo que le den? ¿Para qué sirve un Estado sino para garantizar el orden? Estas preguntas surgen cada que veo una mano estirada; sea para pedir o para robar. De igual manera, la justicia se aplica para que cada quien cumpla su rol; cuando buscas tu propio bien, debes ser recto con la sociedad a la que gobiernas. Sin embargo, lamentablemente, muchos políticos ven al Estado y a la Nación como una mina de oro: los deslumbra el poder y el dinero, se olvidan de gobernar y desvían el servicio público en beneficio propio.
Para muchos gobernantes, saquear el país para enriquecer a los suyos va por encima del bienestar nacional. Ahí están los ejemplos de los Castro en Cuba, Ortega en Nicaragua o Maduro en Venezuela; y ahora, aquí en México, surgen nuevas familias de millonarios en un tiempo récord, utilizando descaradamente la corrupción y la falta de ética para la que fueron designados.
Como decía el rezo popular: «No vivas de pedir limosna, porque eso te esclaviza». La verdadera virtud radica en vivir en el justo medio y dar cabida a todos para que se mantengan estables, cubriendo sus necesidades sin caer en excesos. Desde tiempos remotos, la humanidad ha luchado por resolver sus problemas, pero estos comenzaron el día en que alguien dijo: «Esto es mío».
Resulta paradójico que, incluso antes de que existieran leyes formales, el hombre ya se organizaba para proteger derechos fundamentales como la propiedad, la vida y la libertad; no obstante, hoy pareciera que es la propia sociedad la que te destruye, a pesar de que el ser humano es bueno por naturaleza.
Los gobiernos justifican sus actos bajo la narrativa de que interpretan la voluntad del pueblo y le dan lo que pide. Pero la verdad es otra: el pueblo no quiere dádivas; exige buenos servidores públicos, preparados, honestos y transparentes en el manejo de los recursos.
Al final del día y a lo largo de la historia, siempre habrá formas de interpretar los valores básicos de la vida política. Sin embargo, cuando la corrupción se normaliza, el vicio dura para toda la vida. Es innegable que el sistema suele estar coludido para ocultar bienes —prácticas que a menudo quedan impunes—, mientras la justicia en nuestro país se vuelve un espectáculo mediático y la corrupción abrumadora devora las instituciones mexicanas.
La indignación social y masiva debería exigir otras condiciones para servir: duele ver a un ciudadano hambriento, desdentado y sin nada que llevarse a la boca, mientras los políticos presumen ropa de marca de pies a cabeza. Por ello, necesitamos una evolución en nuestra clase política: perfiles con compromiso, vocación de servicio, estudios y conocimientos reales para los cargos. Requerimos leyes que sancionen verdaderamente a los corruptos, un dinero público rigurosamente auditado y el fin de discursos cínicos donde se llega a preguntar: ¿Para qué quieres calles pavimentadas si ni coche tienes?.
