Veracruz debe pensarse a sí mismo en grande.
A pesar de poseer una riqueza material y simbólica extraordinaria -una extensa franja costera, una diversidad natural y cultural privilegiada, recursos energéticos estratégicos y una estructura educativa capaz de formar capital humano calificado-, el estado continúa atrapado en una paradoja estructural: abundancia de recursos y escasez de bienestar.
Hasta hoy, Veracruz se mantiene entre las entidades con menor ingreso per cápita del país, lo que evidencia una profunda incapacidad histórica para traducir su potencial en prosperidad efectiva.
A ello se suma un panorama social preocupante: lidera indicadores de analfabetismo y arrastra rezagos educativos persistentes que lo colocan sistemáticamente entre los últimos lugares a nivel nacional -concretamente, en los rangos más bajos del desarrollo educativo-. Esta situación no sólo reproduce la desigualdad, sino que limita las posibilidades de movilidad social y el desarrollo de un proyecto económico sustentable.
Sin embargo, esta realidad no es un destino inevitable. Veracruz dispone de las condiciones materiales y humanas para generar riqueza suficiente y redistribuirla en función del bienestar colectivo. Podría, en consecuencia, construir un horizonte de prosperidad que garantice a sus habitantes seguridad, paz, acceso al esparcimiento y, en sentido pleno, una vida digna. El desafío no radica en la falta de recursos, sino en la ausencia histórica de un proyecto articulado de desarrollo capaz de transformar su potencial en realidad.
Vamos a los datos:
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH 2024), los hogares veracruzanos registran ingresos significativamente por debajo del promedio nacional, ubicándose entre las entidades de menor ingreso del país (INEGI, 2025). Asimismo, el ingreso laboral per cápita en Veracruz ronda los 2,500 pesos mensuales, frente a más de 3,600 pesos a nivel nacional, lo que se traduce en niveles de pobreza laboral superiores al 40% (INEGI, 2026).
Interpretación fuerte, Veracruz tiene un nivel de pobreza laboral muy superior al promedio nacional.
Esto es un indicador más preciso que el ingreso simple, porque mide poder real de compra.
Veracruz está entre los 4 estados con menor ingreso del país muy lejos de entidades como: Nuevo León: $117,000 trimestrales.
Posición estructural de Veracruz de acuerdo con los datos: Veracruz está en la parte baja de la distribución nacional, comparte ese grupo con Chiapas, Oaxaca y Guerrero. Es decir, forma parte del bloque estructural de menor ingreso en México.
No es sólo “ingreso bajo”, es un problema estructural: baja productividad histórica, alta informalidad, dependencia de sectores de bajo valor agregado, y desigualdad territorial (urbano vs rural).
En suma, Veracruz tiene: Menor ingreso, Mayor pobreza laboral y Menor poder adquisitivo real.
Esto confirma que no es un problema coyuntural, sino una posición estructural en la economía nacional.
Veracruz se sitúa estructuralmente por debajo de la media nacional en términos de ingreso y poder adquisitivo: mientras el ingreso laboral per cápita en el país supera los 3,600 pesos mensuales, en la entidad apenas rebasa los 2,500, lo que se traduce en una tasa de pobreza laboral cercana al 45%, muy por encima del promedio nacional. Más que una anomalía coyuntural, se trata de una inserción periférica en la economía mexicana, caracterizada por bajos ingresos, alta precariedad y limitada capacidad de consumo.
En suma, Veracruz tiene: Menor ingreso per cápita, Menor ingreso por hogar, Mayor pobreza laboral, y Menor poder adquisitivo
En términos simples: es uno de los estados más rezagados económicamente en México.
Además, Veracruz enfrenta un rezago educativo estructural que se manifiesta en niveles de analfabetismo cercanos al 8% de su población, casi el doble del promedio nacional. Con cerca de medio millón de personas que no saben leer ni escribir, la entidad ocupa el primer lugar en términos absolutos y se mantiene entre los estados con mayor atraso educativo, lo que evidencia una incapacidad histórica para traducir sus recursos en capital humano y desarrollo social. Situación indignante que nos debe doler y preocupar.
La pregunta que de manera persistente se hacen los veracruzanos -y, en general, cualquier observador serio del caso- es inevitable: ¿por qué, a pesar de contar con semejante cúmulo de fortalezas, Veracruz permanece en una situación de rezago estructural? ¿Cómo explicar que una entidad con riqueza natural, cultural y estratégica carezca, por ejemplo, de un aeropuerto internacional en su propia capital, cuando dichas condiciones podrían detonar una poderosa industria turística y de servicios capaz de generar prosperidad a gran escala?
La interrogante no es retórica: es el síntoma de una falla profunda en la concepción del desarrollo. Basta contrastar el caso veracruzano con el de otras entidades que, aun con menores ventajas comparativas, han logrado construir proyectos de crecimiento más ambiciosos -como ocurre con el estado vecino de Puebla-, donde existe una clara voluntad de planificación y expansión económica. Veracruz, en cambio, parece condenado a reproducir sus propios déficits: pobreza persistente, analfabetismo, inseguridad, presencia de delincuencia organizada y una violencia que se extiende incluso al ámbito doméstico. Lo más preocupante es que no se observan señales consistentes de una transformación estructural ni de una visión estratégica orientada al largo plazo.
En este punto, resulta inevitable desplazar la mirada hacia el campo del poder político. Si Veracruz no ha logrado pensarse en grande, es porque sus élites gobernantes tampoco han estado a la altura de ese desafío. La estrechez de miras, la ausencia de proyecto y la incapacidad para articular una visión de desarrollo han reproducido un ciclo de mediocridad institucional que bloquea la posibilidad de convertir el potencial en realidad. En otras palabras, la limitación no radica en la falta de recursos, sino en la pobreza del horizonte político desde el cual se ha gobernado el estado.
El problema es aún más profundo: no ha existido un verdadero proyecto de Estado capaz de articular a las distintas fuerzas sociales en torno a una visión compartida de desarrollo. No se ha convocado, ni política ni estratégicamente, a los sectores empresariales, a la clase política, a las instituciones religiosas, al mundo del trabajo ni a la sociedad en su conjunto para construir un horizonte común de grandeza. Y sin esa convergencia, toda posibilidad de transformación estructural queda fragmentada e inconclusa.
Pensar en grande implica necesariamente traducir ese proyecto en infraestructura, integración territorial y dinamización económica: construir carreteras que articulen las regiones, desarrollar aeropuertos que conecten al estado con circuitos internacionales, diseñar sistemas de rutas turísticas que exploten -de manera ordenada y sostenible- la vasta riqueza cultural y natural de Veracruz, y consolidar polos industriales que respondan a las vocaciones productivas de cada región.
De hecho, el estado ya cuenta con núcleos estratégicos que podrían detonar ese proceso si existiera una visión articulada: el corredor Orizaba‑Córdoba, con potencial industrial; la zona portuaria de Veracruz, nodo logístico de alcance global; el sur del estado, con la refinería y su base energética; y el eje Coatzacoalcos-Salina Cruz, clave en términos geopolíticos y comerciales. Sin embargo, estos espacios han permanecido subaprovechados, desarticulados entre sí, sin una política de integración que los convierta en motores de desarrollo regional.
Lo anterior no puede explicarse por una falta de condiciones materiales, sino por la mediocridad estructural de la clase política que ha gobernado el estado. Es ella la que debería encabezar la formulación de un proyecto colectivo de gran escala, pero ha sido incapaz de trascender la lógica de corto plazo, la administración inercial y la ausencia de visión. Y en este punto conviene ser claros: la sociedad, por sí sola, difícilmente puede construir ese horizonte sin una conducción política estratégica. Cuando las élites gobernantes renuncian a pensar en grande, arrastran consigo a toda la estructura social hacia la reproducción del atraso.
Tiene que ser su clase política. Pero lo cierto es que la clase política veracruzana ha sido históricamente mediocre. Durante el largo periodo priista, se ufanaba de su supuesta relevancia nacional: presumía que Veracruz era uno de los principales aportadores de votos a aquella democracia simulada, sólo por detrás del Estado de México. Esa era, según su propia narrativa, la medida de su grandeza: la capacidad de sostener un régimen basado en la simulación política, no en la construcción real de desarrollo y bienestar.
Sin embargo, esa lógica no desapareció con la transición política. Por el contrario, parece haberse reciclado bajo nuevas formas. En el periodo reciente, en el que se depositaron expectativas de cambio -particularmente con los gobiernos de Cuitláhuac García y ahora de Rocío Nahle-, se esperaba la ruptura con esa inercia histórica y la emergencia de una visión de largo plazo capaz de pensar en grande. No obstante, esas expectativas han sido, en gran medida, defraudadas. En lugar de construir un proyecto de Estado, se ha privilegiado nuevamente la reproducción del poder, la administración del capital político heredado del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, por cierto, que no han abonado ideológicamente ni un ápice, y la continuidad de prácticas donde lo central no es transformar, sino conservar el poder.
El liderazgo político anterior cumplió su ciclo. A partir de ello, correspondería al relevo histórico impulsar una nueva etapa, orientada por una visión estratégica de desarrollo. Pero no ha sido así. Veracruz ha recaído en una lógica de uso partidista del Estado que profundiza sus rezagos estructurales. Más aún, en el presente periodo se observan signos preocupantes: incremento de la violencia, persistencia de la precariedad laboral, deterioro de la calidad educativa, estancamiento económico y expansión de la pobreza y la mendicidad.
A esto se suma un discurso político cada vez más cerrado e intolerante, que revela una limitada comprensión de la función pública. Gobernar no es administrar inercias ni reproducir lealtades faccionales; gobernar implica proyectar un horizonte colectivo, pensar en grande en beneficio de la sociedad en su conjunto. Cuando ese horizonte desaparece, el poder se vacía de sentido y se convierte en mera gestión del presente.
Veracruz debe pensarse en grande, pero no como un gesto retórico ni como consigna vacía, sino como una necesidad histórica impostergable. Porque cuando una sociedad renuncia a imaginar su grandeza, comienza lentamente a administrar su propia degradación. Y eso es lo que está en juego: no sólo el estancamiento, sino la normalización del atraso, la institucionalización de la mediocridad y la aceptación cotidiana de la pobreza como destino.
Si Veracruz no rompe con esta inercia, el costo no será únicamente económico o educativo; será civilizatorio. Una sociedad que no educa, que no produce, que no proyecta su futuro, termina descomponiéndose desde dentro: la violencia deja de ser excepción para convertirse en estructura, la desigualdad en paisaje y la desesperanza en horizonte generacional. Entonces ya no se gobierna: se administra la crisis permanente.
Ese es el verdadero riesgo: que Veracruz deje de ser un problema político susceptible de solución y se convierta en una condición histórica normalizada, donde generaciones enteras crezcan sin expectativas reales de movilidad, de dignidad, de futuro. Cuando eso ocurre, ya no hay proyecto de desarrollo posible, sino apenas estrategias de contención del colapso.
Pero toda crisis encierra también una posibilidad de ruptura. El punto de quiebre llegará -como ha llegado en otros momentos de la historia- cuando la sociedad deje de tolerar la pequeñez de sus élites y decida exigir una transformación radical de su destino. Ese será el momento en que emerja una nueva clase política -o, quizá, una nueva forma de hacer política- capaz de pensar no en la administración del presente, sino en la construcción de un porvenir.
Porque si Veracruz no aprende a pensarse en grande, no es que vaya a permanecer igual: va a empeorar. En la historia, no hay estancamientos neutrales; sólo hay ascensos o decadencias. Y lo que hoy aún aparece como rezago, mañana puede convertirse en fractura social irreversible.
Por eso la disyuntiva es clara y brutal: o Veracruz se reinventa y construye su grandeza, o continuará deslizándose hacia una forma cada vez más profunda de colapso estructural, donde la riqueza será paisaje, pero la miseria, destino.
Junio de 2026.
Fuentes:
INEGI. (2025). Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024: Resultados para Veracruz. Instituto Nacional de Estadística y Geografía. INEGI. (2026). Ingreso corriente para los municipios de México (ICMM). Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Sistema Nacional de Información Estadística y Geográfica (SNIEG). (2026). Indicador de Producto Interno Bruto per cápita. Imagen de Veracruz. (2026). Las cifras de la pobreza laboral en Veracruz. Al Calor Político. (2025). Tristes salarios: Crece la pobreza laboral en Veracruz. Imagen del Golfo. (2025). Veracruz, entre estados con familias que reportan menores ingresos: INEGI. XEU Noticias. (2025). Esto es lo que gana un veracruzano promedio al mes. México, ¿Cómo Vamos? (2025). ENIGH 2024: ¿Cómo vamos con los ingresos y gastos de los hogares?
