Morena se pudre desde el poder.

Si Sinaloa representa la crisis nacional de Morena, Oaxaca podría convertirse en el símbolo del desgaste político del sur del país. Y el principal responsable tiene nombre y apellido: Salomón Jara Cruz.

El gobernador llegó al poder con una narrativa de transformación social, justicia para los pueblos indígenas y combate a los viejos cacicazgos priistas.

Pero a más de la mitad de su administración, la percepción comienza a cambiar peligrosamente. Morena en Oaxaca ya enfrenta el mismo problema que consume al partido a nivel nacional: soberbia, concentración de poder, confrontación permanente y una creciente desconexión con la realidad social.

La gran contradicción es brutal.

La tragedia política de Morena en Oaxaca ya no puede maquillarse con conferencias mañaneras, discursos indígenas ni propaganda oficial. El desgaste del partido tiene responsables concretos, nombres visibles y una estructura de poder que comenzó a reproducir exactamente los vicios que prometió destruir.

El principal responsable es Salomón Jara Cruz. El gobernador llegó vendiéndose como el hombre que terminaría con el viejo régimen priista en Oaxaca.

Tres años después, muchos oaxaqueños observan un gobierno marcado por confrontación, improvisación, centralismo político y una obsesión permanente y enfermiza por controlar todo: el Congreso, los municipios, los liderazgos sociales y hasta la narrativa pública.

La transformación prometida terminó convertida en administración facciosa.

Salomón Jara no gobierna como líder plural; gobierna como jefe de grupo político. Y ese es justamente el cáncer que destruyó durante décadas a Oaxaca: gobiernos construidos desde cuotas, venganzas y operadores.

Morena repitió el modelo que criticó.

El círculo cercano al gobernador concentra poder, reparte posiciones y desplaza a cualquiera que no se alinee completamente. Dentro del propio morenismo hay molestia creciente por decisiones tomadas desde la cerrazón y la lealtad personal antes que desde la capacidad política.

Y ahí aparece otro nombre clave: Jesús Romero López.

Romero se convirtió en el rostro más agresivo y confrontativo del gobierno estatal. En lugar de operar políticamente para construir acuerdos, su estilo ha sido el choque permanente, la descalificación pública y el uso político de conflictos sociales.

Muchos dentro y fuera de Morena lo ven como uno de los principales generadores de polarización en Oaxaca.

Cada conflicto magisterial, comunitario o político termina convertido en espectáculo mediático. La política dejó de ser diálogo y se transformó en imposición.

Geovany Vásquez Sagrero también se ha convertido en uno de los principales pasivos políticos del gobierno de Jara Cruz. Lejos de fortalecer jurídicamente a la administración estatal, sus decisiones, declaraciones y estrategias han terminado generando confrontaciones innecesarias, controversias legales y desgaste político para un gobierno que ya enfrenta cuestionamientos por autoritarismo e improvisación.

Dentro y fuera de Morena crece la percepción de que la Consejería Jurídica opera más desde la soberbia política que desde la inteligencia institucional. En lugar de construir soluciones legales sólidas, muchas veces ha optado por la confrontación mediática, el protagonismo y las decisiones apresuradas que terminan exhibiendo al propio gobierno estatal.

El problema para Salomón Jara es que Geovany Vásquez no solamente representa errores técnicos o políticos; representa la imagen de un gobierno que responde con rigidez, presión y cálculo faccioso ante cualquier crítica o conflicto. Y en un estado tan políticamente sensible como Oaxaca, esa combinación suele convertirse en gasolina para el desgaste.

Cada crisis mal manejada desde la Consejería Jurídica termina golpeando directamente la narrativa de transformación que Morena prometió construir en Oaxaca. Porque cuando el poder se ejerce desde la cerrazón y no desde el diálogo, el costo político tarde o temprano alcanza al gobernador.

Otro factor que comienza a erosionar gravemente a Morena es la percepción de nepotismo y concentración familiar del poder. Sectores internos del partido señalan que alrededor del gobernador se ha construido una estructura donde amigos, aliados y operadores históricos acumulan cargos y control presupuestal mientras las bases morenistas quedan relegadas.

La promesa de “primero los pobres” terminó degenerando en “primero los cercanos”. Y ahí está su familia, sus hijas, hijo, esposa, sobrinos, hermanos, que no le ayudan en nada; al contrario, lo han empujado a que su caída sea cada vez más rápida.

Y mientras tanto, Oaxaca sigue atrapada en problemas estructurales que Morena no resolvió: como la inseguridad creciente, conflictos agrarios, carreteras destruidas, hospitales colapsados, regiones abandonadas, feminicidios, desplazamiento forzado y una economía sostenida más por remesas de los migrantes que por desarrollo estatal.

Y lo más ruin y cobarde, el asesinato de niños en Juchitán. Tierra sin ley.

Pero el gobierno insiste en vender percepción antes que resultados. El problema para Morena es que Oaxaca ya no vive únicamente decepción; empieza a vivir hartazgo y lo demostraron con la incipiente revocación de mandato.

Porque durante años millones de oaxaqueños toleraron errores del obradorismo creyendo que al menos existía honestidad política. Hoy esa narrativa comienza a romperse.

La gente empieza a ver funcionarios viviendo con privilegios, operadores enriqueciéndose y una élite morenista actuando con la misma arrogancia que antes tenía el PRI. Hay casos concretos como el de Saymi Pineda, su vida es de escándalo.

Aquí también aparece una figura inevitable en esta caída: Andrés Manuel López Obrador.

Porque fue López Obrador quien convirtió la lealtad ciega en principal requisito político dentro de Morena. Gobernadores cuestionados eran protegidos automáticamente mientras siguieran alineados al proyecto presidencial. La crítica interna desapareció. La autocrítica fue castigada. El resultado hoy es un partido lleno de grupos de poder locales sin controles reales.

Oaxaca es ejemplo perfecto de eso.

Nadie dentro de Morena se atreve públicamente a cuestionar a Salomón Jara porque el partido dejó de funcionar como movimiento democrático y comenzó a operar como aparato de disciplina política.

Mientras tanto, figuras como Mario Delgado terminaron de abrir la puerta a operadores reciclados, expriistas y personajes oportunistas cuyo único objetivo era ocupar espacios de poder.

Morena perdió identidad. Y cuando un movimiento pierde identidad, solo le queda la maquinaria electoral. El problema es que las maquinarias también se desgastan.

Rumbo a 2027, Morena enfrenta en Oaxaca un escenario que hace pocos años parecía imposible: descontento en las bases, división interna, decepción ciudadana y pérdida gradual de autoridad moral.

La oposición sigue fragmentada, sí. Pero Morena ya no necesita enemigos fuertes para caer; le basta con seguir gobernando como hasta ahora. Y Jara Cruz lo ha hecho muy bien para terminar de hundirlos.

Porque la mayor amenaza para Morena en Oaxaca no está en el PRI, ni en el PAN, ni en Movimiento Ciudadano.

La mayor amenaza para Morena es el propio Salomón Jara y el grupo político que convirtió la transformación en una disputa por poder, control y supervivencia interna.

Y cuando un gobierno empieza a parecerse demasiado a aquello que prometió destruir, el principio de la caída ya comenzó.

El resultado es devastador para Morena rumbo a 2027. El partido ya no proyecta esperanza; proyecta poder. Y cuando un movimiento se convierte en aparato, empieza inevitablemente su desgaste.

Porque cuando un movimiento pierde autoridad moral, empieza a quedarse únicamente con el poder. Y el poder, sin legitimidad, tarde o temprano se convierte en lastre electoral.

No lo olviden.

DE COLOFÓN:

Ariadna Montiel y su rechazo contra Jara

Oigan fue muy notorio el rechazo de la recién nombrada líder nacional de Morena, Ariadna Montiel en su desdén al gobernador Salomón Jara en la Ciudad de México.

Justo cuando la lideresa nacional morenista repartía abrazos a gobernadores en el templete, atrás ataviado con una guayabera guinda, Jara intentaba una y otra vez acercarse a ella, pero titubeaba y la otra de plano no lo pelaba.

Hasta que de plano se descaró don Salo y le tocó el brazo para que la otra volteara a verlo y se saludaran de manera fría, sin el apapacho caluroso, muestra fehaciente de que no lo quieren y que las nuevas figuras que llegaron a dirigir Morena como Ariadna Montiel y Citlali Hernández, esta última tampoco la lleva bien con el gobernador oaxaqueño, no la tendrá fácil en la toma de decisiones rumbo al 2027 y 2028.

Quizás por ello Jara se adelantó en su “mañanera” a decir que la gubernatura de dos años se queda, porque es verdad que tenía la intención de aprobar la de cinco años, pero hoy sabe que no tiene la sartén por el mango para decidir a su sucesor o sucesora.

La decisión vendrá de Palacio Nacional, aunque descalifique y vete a mujeres como Susana Harp, Mariana Benítez, quien no aspira a la gubernatura sino a la reelección en la diputación federal y a la misma Ivette Morán, que tampoco aspira al gobierno de Oaxaca, ya lo dijo públicamente.

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