Algo ha de estar mal.
No es natural tener tantos frentes abiertos al mismo tiempo.
Bueno, sí se entiende que PRI, PAN y hasta Movimiento Ciudadano formen parte de la crítica al Gobierno, al sistema en el poder o a Rocío Nahle. Es lógico. Es parte de la política. Sería hasta sospechoso que la oposición aplaudiera cada decisión de Palacio…
También resulta comprensible que ciudadanos como Arturo Castagné se hayan convertido en un ariete permanente contra el Gobierno estatal. Al final, una democracia sana requiere vigilancia, cuestionamientos y, en ocasiones, hasta incomodidades para quien ejerce el poder. El escrutinio ciudadano es tan necesario como inevitable.
Hasta ahí, todo dentro de la normalidad.
Es el otro frente el que nos da el diagnóstico de que algo está mal, o dijera Shakespeare: Algo está podrido en Dinamarca…
No el frente del PAN. No el del PRI. No el de Movimiento Ciudadano. Tampoco el de Castagné.
El frente verdaderamente delicado es el que se abrió dentro de Morena.
Porque cuando una gobernadora tiene diferencias con figuras como Manuel Huerta, cuando el grupo de Adán Augusto parece jugar su propio partido hasta con Sergio Gutiérrez Luna, cuando los fantasmas de Bola 8 siguen recorriendo los pasillos de la especulación política y cuando el tema Yunes continúa generando cortocircuitos, ya no estamos hablando de una oposición organizada. Estamos hablando de una familia (con invitados incómodos, léase “los Yunes”) peleándose durante la cena y eso suele ser más peligroso.
Quizás por eso el episodio de Miguel Ángel Yunes Márquez resultó tan revelador. Porque más allá de si se simpatiza o no con él, terminó exhibiendo algo que muchos sospechaban: hay sectores de Morena que parecen más concentrados en impedir la entrada de un adversario que en ampliar la mayoría política del movimiento.
O al revés:
Hay sectores de Morena que parecen más concentrados en dar entrada al adversario de Nahle que en ampliar la mayoría política del movimiento.
Cuestión de perspectivas y conveniencias.
Está bien tener enemigos.
Toda figura de poder los tiene.
Lo que no parece tan sano es multiplicarlos. Y ahí es donde hay que entender algo: Nadie es monedita de oro, pero tampoco que Nahle exagere!
Porque una cosa es enfrentar a la oposición y otra muy distinta convertir cada diferencia en una declaración de guerra.
A veces la política exige memoria. Pero también exige pragmatismo. Si no, se corre el riesgo de terminar peleando con los de afuera, con los de adentro, con los que se fueron, con los que llegaron, con los que opinan y con los que callan.
Y cuando eso ocurre, el problema deja de estar en los adversarios.
Empieza a estar en el espejo.
