Exigimos funcionarios con doctorado, pero cuando hablan con tecnicismos los llamamos “aburridos”. Queremos circo y, cuando nos dan payasos, nos indignamos.

Los partidos políticos funcionan como corporaciones privadas que postulan candidatos basados en su lealtad interna y en su capacidad para financiar campañas, no en su preparación técnica o ética. El político ideal debería reunir y comunicar varias cualidades: vocación de servicio, capacidad estratégica y sólidas habilidades de comunicación.

Ver una sesión de la Cámara de Diputados en estos días es una experiencia mística: la confirmación absoluta de que la evolución humana puede ir en reversa y, además, costarnos millones de pesos. Entre legisladores que responden a acusaciones graves con un meme, discursos que parecen berrinches de primaria y el ya clásico espectáculo de gritos y pancartas digno de una pelea de callejón, uno no sabe si apagar la pantalla o pedir palomitas.

Nos encanta indignarnos en redes sociales y rasgarnos las vestiduras exigiendo gobernantes con doctorados, ética y visión de Estado. Pero seamos honestos y apaguemos el celular un momento para mirarnos en el espejo: el Congreso no es un ovni que cayó del espacio exterior lleno de criaturas extrañas; es el reflejo exacto de la sociedad que somos. Nos quejamos de tener payasos en el poder, pero somos los primeros en comprar el boleto para el circo, ya sea aplaudiendo al candidato que mejor baila en TikTok o, peor aún, quedándonos dormidos en el sillón el día de las elecciones mientras las minorías de siempre deciden el destino de todos. Tenemos exactamente los políticos que nos merecemos, porque, para el nivel de ciudadanía que demostramos, un legislador que sabe leer de corrido ya parece un lujo innecesario.

Al final del día, el verdadero peligro para el país no son los políticos cínicos, sino los ciudadanos anestesiados. Nos fascina interpretar el papel de víctimas de un sistema corrupto mientras practicamos nuestro deporte nacional favorito: la indignación de sillón. El abstencionismo no es una protesta intelectual ni un acto de rebeldía elegante; es la flojera ciudadana disfrazada de superioridad moral.

Cuando decides que todas las opciones son iguales y prefieres quedarte viendo series el domingo de elecciones, no estás castigando a los partidos; les estás regalando un cheque en blanco. Estás permitiendo que el voto clientelar, el del acarreado y el del fanático ciego decidan el rumbo de tu economía, tu seguridad y tu salud.

Así que la próxima vez que veas a un diputado mofarse de la ley, quedarse dormido en su curul o responder a una auditoría con un “pero los de antes robaban más”, ahórrate el tuit de furia. Respira hondo, mírate al espejo y recuerda que ese personaje está ahí porque alguien le cedió el espacio, y quizá ese alguien fuiste tú.

Disfruta el espectáculo, porque en este circo nacional los payasos cobran millones y los animales, lamentablemente, somos nosotros, que seguimos aplaudiendo desde las gradas.