Hay gobiernos que inauguran obras.

Otros inauguran ocurrencias.

Y el Ayuntamiento de Tuxpan, encabezado por Daniel Cortina Martínez, parece empeñado en inaugurar una nueva modalidad de política cultural: presentar un libro, presumir que fue un éxito y, cuando comienzan las críticas, apagar el micrófono.

Así de sencillo.

Desde las redes oficiales del Ayuntamiento se calificó como “exitosa” la presentación del libro Tecomar, de Carlos Viveros Figueroa.

El pequeño detalle es que quienes estuvieron ahí cuentan una historia bastante diferente.

Porque si por “éxito” se entiende que el público cuestione al autor, que especialistas en la materia señalen inconsistencias, que familiares de protagonistas de aquella historia contradigan la versión presentada, que los organizadores entren en pánico y terminen apagando el micrófono a uno de los participantes, entonces efectivamente estamos ante un éxito.

Un éxito municipal.

De esos que solamente funcionan en los boletines oficiales.

La escena más vergonzosa ocurrió cuando intervino Omar Olvera de Luna, reconocido especialista en Derecho Portuario, quien cuestionó públicamente el contenido de la obra y expuso argumentos sobre lo que consideró inconsistencias y graves faltas a la verdad histórica.

¿La respuesta del Ayuntamiento?

¿Un debate?

¿Una explicación documental?

¿Una réplica académica?

No.

Le apagaron el micrófono.

Magnífica aportación del área de Cultura.

Seguramente alguien debió pensar que, al cortar el sonido, también desaparecían los argumentos.

Como si la verdad histórica funcionara con interruptor.

Como si el conocimiento jurídico se pudiera desconectar desde una consola.

Como si el público tuxpeño fuera tan ingenuo que, al dejar de escuchar al crítico, automáticamente aceptaría la versión del libro.

Pero ocurrió exactamente lo contrario.

La censura improvisada convirtió una presentación literaria en un espectáculo político.

Y entonces comenzaron a aparecer más voces.

Familiares de Peter Harmsen Garms, señalado como socio mayoritario de Tecomar S.A. de C.V., cuestionaron la versión expuesta en el libro y defendieron públicamente la participación de otros socios y de sus equipos jurídicos y de gestión en el proceso que llevó a Tuxpan a incursionar en el manejo de contenedores.

Es decir, la historia que pretendía presentarse como una verdad escrita terminó convertida en una disputa pública sobre quién hizo qué.

Y cuando el Ayuntamiento quiso contener la situación, tampoco pudo.

Juan Pablo Alcántar tomó el micrófono para intervenir, pero el público, ya encendido, terminó interrumpiéndolo.

Otros asistentes también lanzaron cuestionamientos y calificativos contra el autor.

Hasta que llegó el momento sublime de la cultura municipal:

Se acabó la función.

Se terminó antes de tiempo la presentación y se despidió al público.

No porque el debate hubiera concluido.

Sino porque, al parecer, ya no aguantaban ni lo duro ni lo tupido.

Y luego, desde la oficina correspondiente, se publicó que había sido una “exitosa presentación”.

¡Qué imaginación!

Quizá en el Ayuntamiento confundieron una presentación de libro con una conferencia de prensa controlada.

En una presentación seria se presentan ideas y se aceptan preguntas.

En una presentación democrática se escucha al público.

En una presentación académica se confrontan documentos y argumentos.

Pero en Tuxpan parece que descubrieron otro método:

si no te gusta la pregunta, apaga el micrófono.

El problema es que eso no solamente exhibe al organizador.

También exhibe al gobierno.

Porque una administración municipal que presume pertenecer a la transformación debería entender que la crítica no es una agresión.

Es parte de la democracia.

Y si los funcionarios encargados de la cultura pierden la compostura ante un cuestionamiento jurídico, quizá habría que preguntar qué clase de preparación tienen para ocupar esos cargos.

Porque de cultura podrán presumir mucho.

De civilidad, en esta ocasión, bastante poco.

Y todavía queda el asunto del BM Tuxpan, buque vinculado a Tecomar cuyo hundimiento en el Atlántico derivó en procedimientos judiciales en Estados Unidos y en reclamos por la muerte de sus tripulantes. Durante el acto se hicieron señalamientos sobre esos antecedentes y sobre las responsabilidades que habrían sido establecidas en dichos procesos.

Una tragedia humana de esa magnitud no debería utilizarse como simple nota al pie de una historia empresarial.

Detrás de los expedientes hay familias.

Detrás de los barcos hay marinos.

Y detrás de las estadísticas hay seres humanos.

Por eso resulta todavía más delicado que una administración municipal pretenda presentar una publicación de esta naturaleza como parte de una historia oficial sin permitir que quienes tienen otra versión puedan expresarla.

Porque una cosa es escribir un libro.

Y otra muy diferente es pretender escribir la historia de Tuxpan y esperar que nadie contradiga una sola línea.

Lo verdaderamente revelador de aquella noche no fue el libro.

Fue el comportamiento de quienes intentaron presentarlo.

Porque cuando un gobierno presume que un acto fue exitoso mientras los asistentes describen un escenario de confrontación, censura y desorden, queda una pregunta elemental:

¿Quién está informando a quién?

¿El Ayuntamiento a los tuxpeños?

¿O los tuxpeños al Ayuntamiento?

Daniel Cortina todavía no termina su primer año y ya tiene una asignatura pendiente que no aparece en ningún programa cultural:

aprender que gobernar también significa saber escuchar.

Porque el micrófono se puede apagar.

El boletín se puede maquillar.

Las fotografías se pueden seleccionar.

Y hasta se puede escribir que todo salió “exitosamente”.

Pero hay algo que ningún departamento de Comunicación Social puede editar:

lo que vio y escuchó la gente.

Y si la cultura municipal necesita apagar el sonido para poder presentar sus éxitos, entonces quizá no estamos ante una política cultural.

Estamos ante la cultura del apagón.

Y esa sí que merece una presentación pública.

Aunque, por favor, que no le apaguen el micrófono a nadie.