El Estado Moderno tiene entre sus paradigmas existenciales la obligación de brindar a su población seguridad pública, buenos servicios de salud y atender todo lo relativo a la educación. Por supuesto, también se obliga a procurar servicios públicos de calidad, infraestructura rural y urbana, carreteras, puentes, espacios de diversión y recreo, y buena administración de la justicia, etc. En ese esquema, a pocos días de cumplirse los dos años de ejercicio gubernamental a cargo de la presidenta Claudia Sheinbaum no hay mucho de que presumir, y lo más preocupante es el retroceso en áreas de singular importancia como la educación y la salud. En la faena de informar sobre sus acciones de gobierno se encuentran sus visitas territoriales por entidad federativa, en donde poco o casi nada se encuentran testimonios para presumir, aunque sí mucho para preocuparse.

Los 24 meses del gobierno de la primera mujer en la presidencia han sido muy difíciles, principalmente por la inesperada presión que ejerce el gobierno estadounidense para romper las redes de corrupción y complicidades de políticos mexicanos acusados de mantener nexos con grupos delincuenciales. Mucho de su tiempo lo ha ocupado el gobierno mexicano en defender y hasta encubrir a políticos de conducta bastante dudosa, los casos de Rocha Moya, Inzunza, “Andy”, el senador Adán López Hernández, etc., son puntas del iceberg cuyo fondo se adivina detrás de sus acciones. Pero esa defensa a ultranza ha tenido poco éxito porque la información que se filtra en los medios de comunicación los pone al descubierto, o por lo menos aumenta el sospechosismo en su entorno. Al interior de su partido la presidenta enfrenta adversarios de mucho peso porque se agrupan en el ala dura, cuya lealtad hacia AMLO es inquebrantable, tras de ese cobijo se amparan los Rocha Moya y Adán Augusto López, cuyo pegamento radica en la complicidad que los unifica. La presidenta está sola, en dos años no ha podido fraguarse un escudo de protección con gente leal a su proyecto. Por si no bastara, el nulo crecimiento económico, el pronunciado déficit fiscal, el desmesurado crecimiento de la deuda pública y la incertidumbre de los inversionistas agravan el entorno presidencial. Y para acabarla, PISA informa que México está reprobado en Educación, en el ranking global de PISA, de 91 países México ocupa la posición 63, somos el penúltimo país de la OCDE en comprensión y lectura, y el antepenúltimo en matemáticas. Con esos truenos como parámetros no se dificulta imaginar el tormentoso trance de quien gobierna México.