Hace ya casi seis años que mis ojos extrañan tu imagen. Desde entonces, tu ausencia dejó de ser solo un vacío personal para convertirse en parte de una herida colectiva que aún no termina de cerrar. Mis labios aún siguen pronunciando el “te amo y te extraño”; mi cuerpo aún no pierde el olor que dejaste en el último abrazo que nos dimos. Mi cerebro sigue conservando, como un álbum de fotos, todos aquellos momentos: buenos, malos, tristes y de locura que vivimos juntos. Siempre fuiste mi tapadera, aunque después me regañabas y terminabas dándome un consejo.
Hoy ya no sé si esperarte o correr a dónde estás, porque cada día que pasa me siento más cerca de ti. Cada vez que miro al cielo, cuando cae la lluvia, recuerdo las lágrimas que derramamos juntos, ya fuera por nostalgia o por alegría.
Hoy el cielo brilla, pero lo opaca tu ausencia. Cada día hago una especie de clemencia con ese niño interior que llevo dentro, al que le pido que me platique más de ti, porque todo lo que aprendí contigo es bueno. Me enseñaste a guisar, a ser tolerante, a cuidar de mis hermanos y, por último, a cuidar y perdonar al viejo agrio.
La última noche que te vi traté de darte fuerzas y esperanza ante el COVID, una enfermedad que nos arrebató a miles de familias lo que más amábamos. Hoy, después de casi seis años, el sol se metió, la luna salió y el mundo nunca dejó de girar. Lo que también hemos perdido y no por una enfermedad es la esencia del Día de las Madres.
Esa fecha no es solo un dato estadístico; es el recordatorio de una herida colectiva. Muchos perdimos amigos, vecinos y pilares fundamentales. En mi caso, la pandemia me arrebató lo que más amaba. Perder a una madre es perder un punto de equilibrio por eso, ahora que nos acercamos al 10 de mayo, la celebración adquiere un matiz distinto: uno que viaja de la nostalgia a la profunda reivindicación de su papel en nuestra sociedad.
Hoy, esa influencia hace más falta que nunca. Tras el vacío que dejó la emergencia sanitaria, nos damos cuenta de que las madres no solo gestionan hogares, sino que tejen el tejido social. Son ellas quienes, con su guía, transforman la supervivencia en vida con propósito.
Perder al ser que tedio la vida es perder el puerto seguro, pero celebrar su día —incluso en la ausencia— es honrar ese legado educativo y emocional que nos dejaron grabado. En un México sediento de valores y cohesión, recordar la fuerza de nuestras madres es volver a lo esencial. Este 10 de mayo, más que flores, ofrecemos el compromiso de vivir bajo las enseñanzas de quienes nos dieron todo y cuya luz, a pesar de las pandemias y los tiempos difíciles, nunca deja de iluminar nuestro camino.
