Cuando lo conocí, allá por los ochenta, él ya era Campeón Nacional de Oratoria, yo venía de la Corresponsalía de Guerra tras un prolongado viaje de Polonia donde cubrí la insurgencia de un antiguo sindicalista defensor de los derechos humanos y luego presidente de Polonia, Lech Walesa.
Coincidimos, ya con trabajo, con don Fernando Gutiérrez Barrios en Caminos y Puentes Federales, primero en la Ciudad de México, luego en Cuernavaca hacia donde se descentralizó la paraestatal.
Nos unió, no la política sino el frontenis.
Muy temprano, antes de llegar a la oficina en la Casa de Piedra, nos juntábamos no más de una hora. Don Fernando era extremadamente puntual.
Con Ponce, “El Jerarca”, nos unió la chamba.
El con sus contenidos políticos y discursos para don Fernando, y quien esto evoca, en la elaboración de proyectos propagandísticos y de información periodística.
Fuimos muy cercanos.
Después lo seriamos con don Fernando Gutiérrez Barrios, el llamado “Hombre Leyenda”, mote propuesto por Ponce Coronado cuando el candidato Salinas pidió en campaña sugerir como se podría calificar con un adjetivo a quien por más de 40 años había servido a la república como “Centinela de la Nación”.
Serían muchas, muchísimas horas las que compartimos, pero más lo serían los sueños y esperanzas.
Ponce anhelaba ser gobernador de Hidalgo luego que don Fernando fuera presidente de la República.
Así, con ese sueño partimos a Veracruz un 22 de abril de 1986.
Siete días antes Gutiérrez Barrios recibiría una llamada del CEN del PRI citándolo de manera urgente para esa misma tarde y nos pidió lo acompañáramos.
Salimos por la autopista, una hora después estábamos en Insurgentes 50 y ahí, al pie del edificio emblemático le pidió a Ponce se entrevistara con el delegado del PRI un Veracruz, un borrachín cuyo nombre se me escapa y a mí me ordenó entrevistarme con el Secretario de Prensa el “gordo” Saldaña.
“¡Cumpla usted con su responsabilidad, que yo haré lo propio!”, me dijo con solemnidad.
Aun no cerraban las ediciones vespertinas de Ovaciones y Ultimas Noticias cuando a ocho columnas se daba a conocer el “Destape” de don Fernando para Veracruz, esa tarde del 22 de abril.
Días después saldríamos al puerto.
¡Ahí la locura!
Miles, que digo miles, decenas de miles de simpatizantes lo esperaban en el malecón, el pie del Faro. Apenas bajaba el sol, pero la temperatura priista rebasaba los 50 grados.
Laura perdió un Zapato. García Mercado, como siempre, lleno de enojo. Ponce pleno. Luis de la Barreda y Armando Félix, encargados de la seguridad, perdieron la cartera y don Fernando que llegó al estrado sin el paliacate y bañado de sudor.
Luego la campaña en cuyo marco se dio el asesinato de Ruiz Malerva lo que consolidó la postura a futuro de combatir la delincuencia al costo que fuera.
Fueron meses y meses recorriendo los 210 municipios -hoy 212-; con un sinfín de encuentros y largas jornadas, siempre desmañanados por la exigencia del trabajo y, en el caso de Ponce, tener listos no uno, sino un puño de discursos de campaña para el jefe.
Una vez me lo encontré sentado en una cubeta volteada, al pie de un templete pergeñando unas líneas. El candidato había decidido de manera intempestiva hablar en Poza Rica ante un grupo de mujeres y como no era de los que improvisaba, pues hubo que apoyarlo en la redacción.
Así, caminamos y rodamos por todo Veracruz acompañando al jefe en el autobús ADO que terminamos odiando por tantísimas horas de viaje, aunque visto por el lado bueno, nos hermano a los doce que íbamos a bordo acompañado a nuestro candidato.
Llega a su fin la campaña.
El “Jerarca” queda como subdelegado del partido, acaso un poco desilusionado por no tener en cargo en el gobierno. No imaginaba que Gutiérrez Barrios le tenía guardada una diputación y luego la Oficialía Mayor de la Secretaría de Gobernación.
Desde ese 1986 siempre nos gustó Xalapa.
Vivíamos en el “Hotel Xalapa” y hartaba. Don Fernando nos decía, sin embargo, que el paso por Veracruz no sería sexenal que en un par de años regresaríamos.
Y así fue.
Desde el arranque, producto de la alianza con Raul Salinas Lozano, padre de Carlos Salinas, el proyecto era ir al gabinete mismo que se anunció -lo anunció el propio Gutiérrez Barrios en el marco de su segundo Informe de Gobierno- el primero de diciembre de 1988.
Y de regreso a ciudad de México para recibir la oficina de gobernación previo a la protesta presidencial. A Ponce tocaría redactar el mensaje que incluía los primeros nombramientos, él incluido.
Yo, nada. Pendiente quedaba la Subsecretaría que encabezaba en ese entonces Fernando Pérez Correa, misma que de hecho ya me había entregado.
Empezaron a correr nuevos tiempos.
En la víspera de Reyes, en 1993, Gutiérrez Barrios presenta su renuncia en una carta donde reflexiona sobre la “sabia virtud de conocer el tiempo” y pa´tras.
Todavía horas antes de la víspera del Día de Reyes de ese año, en el patio de Abraham González -atrás de la oficina central de SEGOB en Bucareli- nos hablaba, a Ponce y a mí, de su preocupación por sus declaraciones hechas días atrás, en diciembre de 1992 en La Parroquia de Veracruz, en el sentido de que “Como Secretario de Gobernación y Jefe del Gabinete institucionalmente estaba en la lista de aspirantes a la Presidencia de la República”.
Ello provocaría el celo y coraje de Manuel Camacho Solis, quien se sentía el “amigo” con derecho y el de José Córdoba Montoya, el perverso consejero presidencial que tanto daño le hizo a don Fernando.
“¿Se acuerda de ese proyecto presidencial que le pedí guardara para 1994?”, me dijo delante de Ponce. “Llévemelo a mi casa mañana. Lo invito a desayunar”.
Así sería.
Ponce y yo estuvimos a desayunar para mostrarle un cronograma actualizado, logo, lema y estrategia propagandística. Le hizo las observaciones del caso y nos pidió estar al pendiente, y que más tarde nos llamaría.
Concluido el desayuno en el comedor de su casa de Santiago, Apóstol en San Jerónimo, tomamos Periférico rumbo a Bucareli y al llegar a la oficina el particular José Luis García Mercado nos pidió entregar nuestras respectivas renuncias -el de Oficial Mayor, yo de asesor- porque don Fernando acababa de renunciar.
¿Cómo, pero si lo acabamos de ver?, le dijimos.
“Cuando venía en su automóvil -Rubén era el chofer- por Periférico recibió una llamada de “Los Pinos” le solicitó se presentara porque el Presidente quería hablar con él.
Le solicitó su renuncia. Le ofreció el ISSSTE o una embajada, pero el señor no quiso. Prefirió el retiro”.
Lo que seguiría serían momentos muy difíciles.
El proyecto se desmoronaba, el mandato de Salinas quedaría etiquetado por la peor violencia, crímenes y el magnicidio de Colosio.
Ponce Coronado sufriría un infarto en su casa. Sería movido en helicóptero de Pachuca a Ciudad de México en grave estado.
Sobreviviría, pero ya no sería igual, sobre todo después de la sospechosa muerte de don Fernando años después.
Este martes 5 de mayo de 2026 se conoció del deceso de Augusto Ponce Coronado.
Tiempo al tiempo.

*Premio Nacional de Periodismo