Esto ocurre mientras China avanza tecnológicamente pese al cerco. Según el Wall Street Journal, su plan Made in China 2025 empieza
En la nueva guerra comercial ya no se trata solo de acero o microchips: también se disputa el relato. Donald Trump amenaza con imponer un arancel de 100% a las películas extranjeras. A simple vista parece otra medida proteccionista, pero es más que eso: es una operación quirúrgica sobre el soft power estadounidense. Porque en un mundo multipolar y narrativamente fragmentado, proteger la industria cultural equivale a blindar la influencia global.
Esto ocurre mientras China avanza tecnológicamente pese al cerco. Según el Wall Street Journal, su plan Made in China 2025 empieza a rendir frutos. Ya lidera en telecomunicaciones, baterías y supercomputadoras. No solo produce: busca independizarse del ecosistema occidental.
Pero lo más revelador es que, conforme crece su poder, China empieza a desaparecer sus propios datos económicos. El silencio también es estrategia. No mostrar debilidad es hoy tan importante como construir fortalezas. La información se convierte en arma: decir o no decir es una decisión geopolítica.
Ambas potencias –un arancelado de historias, otra borrando cifras– están redefiniendo el control. Ya no basta con tener recursos: hay que controlar los relatos y moldear percepciones. En este nuevo tablero, la hegemonía cultural y la narrativa económica son igual de estratégicas que las bases militares o las reservas tecnológicas.
El mundo que giraba en torno a Occidente se fragmenta. Eurasia ya no es un eje, sino una fisura: Rusia mira hacia China, Europa hacia Washington, y Estados Unidos hacia sí mismo. El orden mundial que conocimos se rompe en cámara lenta. Los países lo saben, lo sienten, y se repliegan con miedo, cerrándose para proteger lo poco que aún pueden controlar.
El nuevo orden mundial no se construye con tratados ni consensos, sino con algoritmos, censura y aranceles culturales. Ya no se trata de dominar territorios, sino de capturar imaginarios. El que controle la narrativa, dominará también el deseo, el consumo y la lealtad.
Y México…
México no protege su cine, no produce chips, ni exige transparencia a quienes le dictan el libreto. No narra, no disputa, no incide. Mientras Trump arma una guerra cultural y China administra su silencio, nosotros seguimos creyendo que las remesas y los likes pueden sostener la soberanía.
En un mundo donde las potencias techan industrias, ocultan debilidades y censuran películas, no están perdiendo el control: lo están reposicionando. La pregunta es si México va a contar algo propio… o si va a terminar pagando entrada para ver la película sin haber participado en el guión. El último en salir, apague la luz.
POR STEPHANIE HENARO CANALES
COLABORADORA
@StephanieHenaro
