Los niños son el tesoro más preciado en cualquier sociedad y para toda familia, en cualquier lugar de este planeta donde respire un ser humano. Salvaguardar ese riquísimo patrimonio de la humanidad es obligación de los padres y debe ser prioridad en gobiernos de indistinto signo ideológico. Por esa y muchas más consideraciones resulta extraña la propuesta del presidente López Obrador de volver a clases presenciales cuando nos encontramos inmersos en uno de los rebrotes más contagiosos de la pandemia mundial. Es arriesgada apuesta y muy complicado su cumplimiento porque en México, según registros oficiales, hay 2 millones 971 mil 817 casos de Covid-19 y ya se contabilizan (también oficialmente) 244 mil 420 decesos (por número de actas de defunción son más de 350 mil muertos, mientras el número diario de contagios se incrementa cada día superando ya los 21 mil nuevos casos. En contraste de los 126 millones de mexicanos solo 27 millones 363 mil 404 cuentan con las dosis completas, aunque según la contabilidad de las autoridades se han aplicado 72.1 millones de dosis. En ese difícil contexto de la crisis sanitaria, se teme que lo más alto de la curva de ahora llegue justamente en el inicio del calendario escolar. Sería vano preguntar a las autoridades de salud si están en aptitud de salvaguardar a los niños lo más posible de un contagio, porque como se ve no controlan a las autoridades locales para hacer prevalecer el semáforo sanitario. Ante ese escenario, ¿solo queda el ¡sálvese quien pueda!?

