Por Rubén Ricaño Escobar
Hoy he vuelto a mirar dos fotografías que siempre llevo conmigo. En una soy un niño de nueve años que estrecha la mano del general Lázaro Cárdenas del Río. En la otra aparezco, muchas décadas después, junto a su hijo Cuauhtémoc. Entre ambas transcurre buena parte de mi vida y permanece una esperanza: que México llegue a ser el país justo, democrático y digno que tantas generaciones hemos soñado.
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas me duele como mexicano y también desde la memoria personal. Para mí, se marcha quizá el último gran referente de aquella izquierda mexicana que hizo de la congruencia, la soberanía nacional y la justicia social compromisos para toda la vida.
Mi primer encuentro con esa historia ocurrió en 1968, cuando pronuncié el discurso de bienvenida al general Lázaro Cárdenas. Aquella experiencia, que relato en mi libro Aurora: el despertar de la nueva civilización humana, quedó entre los recuerdos más entrañables de mi infancia. La fotografía de ese momento me ha acompañado desde entonces.
Veinte años después, en 1988, apoyé la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas. Durante su visita a Xalapa me correspondió grabar su discurso. Recuerdo la esperanza que despertaba entre quienes veíamos en aquel movimiento una oportunidad para abrirle a México un camino democrático.
Años más tarde, en 2014, cuando fui asesor de un diputado federal de Movimiento Ciudadano en el Congreso de la Unión, tuve oportunidad de conversar con él en algunas ocasiones. En uno de esos encuentros me acerqué y le dije:
—Ingeniero Cárdenas, ¿me permite tomarme una fotografía con usted? Después le explico por qué la quiero.
Con la atención y la amabilidad que recuerdo de su trato, respondió:
—Claro que sí.
Nos tomamos la fotografía y comenzamos a conversar. Después de intercambiar algunas palabras, él mismo volvió al asunto:
—Usted me iba a explicar por qué quería que nos tomáramos juntos esa foto.
Saqué mi teléfono y le mostré aquella vieja imagen de 1968. Me sorprendió su memoria. Recordó la gira por Veracruz, vinculada con el trigésimo aniversario de la expropiación petrolera, y me contó que había acompañado a su padre.
Después preguntó:
—Imagino que el niño de la fotografía eres tú.
—Sí —respondí—. Por eso quería esta fotografía: porque ahora tengo al Padre, al Hijo… ¡solo me falta el Espíritu Santo!
Se echó a reír.
Esa risa permanece entre mis recuerdos más queridos de él. También su disposición para escuchar y la atención con que recuperó una pregunta que nuestra conversación parecía haber dejado atrás. En aquel encuentro pude apreciar la sencillez de un hombre cuyo nombre ya pertenecía a la historia de México.
Desde entonces llevo ambas fotografías conmigo. Suelo contemplarlas cuando necesito inspiración para mantenerme firme en mis convicciones. Me recuerdan a dos hombres de una sola pieza y de gran estatura, con responsabilidades y circunstancias distintas, unidos por una profunda preocupación por el destino nacional.
Cuauhtémoc conoció triunfos, agravios y pérdidas. La herida de 1988 marcó a toda una generación de mexicanos que consideramos atropellada la voluntad ciudadana. Aun así, continuó participando en la vida pública y defendiendo sus ideas. Su perseverancia ayudó a abrir espacios democráticos que México necesitaba.
Hoy pienso en la semilla que deja sembrada en muchos mexicanos. Su legado nos compromete a examinar nuestra propia conducta: cómo ejercemos una responsabilidad, cómo defendemos una convicción y cuánto estamos dispuestos a trabajar por aquello que decimos creer.
Tengo la plena convicción de que algún día podremos construir un México más justo, más culto, más fuerte y libre de las injusticias que tanto lo lastiman. Para acercarnos a ese día habrá que combatir la corrupción, superar la mediocridad y devolverle a la vida pública la dignidad del servicio.
Espero que Dios me permita verlo y seguir contribuyendo, desde donde me corresponda, a hacerlo posible.
Descanse en paz, ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Conservaré aquellas dos fotografías y el recuerdo de su risa. También la responsabilidad de seguir trabajando por la esperanza que representan.