Libertad Bajo Palabra

Hay personas que no podemos presumir que sean nuestros amigos, porque las ocupaciones de la vida no nos dan la posibilidad de convivir con ellos el tiempo suficiente como para considerarlos amigos. Sin embargo, hay personas que cuando nos encontramos con ellas, en ocasiones especiales, tal vez unas dos o tres veces al año, esas personas se comportan como verdaderos amigos. Se podría decir que es un don que ellos tienen, un don que les permite convivir con los demás con una familiaridad y afecto que otros no poseemos. Bernardo Gutiérrez Parra era una persona con ese don. A Bernardo lo conocí hace muchos años cuando trabajaba de corrector en el periódico Newsver que dirigía mi amigo Orlando García Ortiz, “El Jefe”. Bernardo, debo decirlo, si quiero ser honesto, tuvo algunas desavenencias conmigo; problemas de dos egos que se enfrentaban en la redacción de un periódico.

Sin embargo, después de esa etapa, entre Bernardo y yo sólo hubo indicios de admiración. En los últimos años era muy común encontrarse a Bernardo en las reuniones de periodistas, donde siempre llegaba con una sonrisa sana, señal de la actitud de un hombre que buscaba llevarse bien con todos. Fueron muchas las llamadas que recibí de Bernardo, quien aplaudía mi temeridad (no la quiero llamar valentía como él aseguraba). No fueron pocas las veces que defendió mi derecho a la crítica. En uno de sus artículos señalaba: «Armando Ortiz es un periodista incómodo, molesto y una lata. Ah cómo jode ese individuo. No sólo es la piedra en el zapato de los políticos de Morena que están aprendiendo y muy bien a transar, robar, esquilmar y corromperse; es como ese fastidioso mosquito que no deja de zumbar e irritar».

A pesar de todo esto, no puedo considerar que Bernardo fuera mi amigo, porque los amigos están al tanto de tus felicidades, de tus triunfos, de tus fracasos, de tus dolores. Yo ignoraba que el buen Bernardo estuviera pasando por un difícil trance de enfermedad. Ni siquiera sé de qué murió. Hoy me enteré de la muerte de Bernardo y me siento como si tuviera en mis manos una hoja en blanco, una esquela vacía, sin despedida. Por eso, a manera de despedida, escribo estas líneas pretendiendo creer que Bernardo era mi amigo. No me queda más que lamentar que no lo fuera. Descansa en paz, querido Bernardo.