La decisión del gobierno federal y de la Secretaría de Educación Pública (SEP) de restringir el uso de celulares en primarias y secundarias —y de dejar que cada plantel de media superior defina sus reglas— busca reducir distracciones, ciberacoso y sobreexposición a pantallas, pero también abre un debate legítimo sobre autonomía de familias, usos pedagógicos y participación de la comunidad escolar en la definición de políticas educativas.

La entrada en vigor de esta medida, que es catalogada como una  restricción iniciará el 3 de noviembre de 2026, tras publicarse en el Diario Oficial de la Federación. En educación primaria y secundaria los estudiantes podrán llevar el celular, pero deberá permanecer guardado en la mochila durante toda la jornada, incluidas las clases y el recreo. Solo se permitirá sacar el dispositivo en dos excepciones emergencias (riesgo para salud o seguridad) y situaciones particulares del menor que requieran comunicación inmediata con la familia.

Por lo que toca a educación media superior (preparatoria/bachillerato) no hay prohibición nacional; cada plantel deberá establecer reglas con su comunidad educativa para un uso “responsable, seguro y con fines pedagógicos”.

La presidenta Claudia Sheinbaum señaló que la medida fue respaldada de manera unánime por las 32 entidades en el Consejo Nacional de Autoridades Educativas; la SEP reportó que 81% de 565 mil docentes consultados se pronunció a favor de lineamientos para un uso seguro.

La norma no prohíbe llevar el dispositivo, sino su uso dentro del horario escolar y en espacios como el recreo. Desde la perspectiva de derechos, esto limita la libertad de uso en un espacio regulado (la escuela), pero no elimina la propiedad ni el acceso fuera del plantel. El punto de tensión está en si esa limitación es proporcional y necesaria para proteger otros derechos como la atención, convivencia, seguridad y si existen mecanismos claros para las excepciones emergencias, necesidades particulares. Sin protocolos escolares claros (quién autoriza, cómo se notifica, tiempos de respuesta), el riesgo es que la restricción se perciba como rígida y genere conflictos entre padres, alumnos y directivos.

Losargumentos a favor de la restricción, según autoridades y parte del magisterio estima reducir distracciones, favoreciendo la atención sostenida en clase. Disminuye oportunidades de ciberacoso, grabaciones no consentidas y comparaciones sociales en tiempo real.

Se pretende ordenar el entorno escolar y evita que el dispositivo se convierta en “tercer actor” en la dinámica del aula. Los riesgos y críticas frecuentes son la  pérdida de oportunidades pedagógicas, búsqueda rápida de información, verificación de fuentes, uso de apps educativas, accesibilidad (traductores, lectores de pantalla, calculadoras, agendas). Esta medida significa también el desaprovechamiento de experiencias donde docentes ya habían integrado el celular con reglas claras para investigar, producir contenidos o trabajar en proyectos.

Lo que falta es la brecha de implementación y esperar las reacciones de las comunidades escolares y  si no hay alternativas, la prohibición puede convertirse en una medida de “orden” sin mejorar la calidad del aprendizaje. En suma, la evidencia internacional sugiere que el impacto depende del diseño, en donde las prohibiciones totales pueden mejorar atención en contextos de alto uso recreativo, pero también pueden frenar innovaciones didácticas si no se acompañan de recursos y formación.

La medida se aprobó en el Consejo Nacional de Autoridades Educativas (CONAEDU) con respaldo unánime de las 32 entidades y se apoya en una consulta docente con amplia participación (más de medio millón de profesores). Sin embargo, “consulta docente” no es lo mismo que “participación vinculante de la comunidad escolar”.

De hecho la propia regulación lo sugiere para media superior, cada plantel definirá reglas con su comunidad educativa. Extender esa lógica a primaria y secundaria al menos en aspectos operativos podría reducir fricciones y mejorar el cumplimiento.

La adaptación regional en donde se considere contextos urbanos, rurales, de seguridad o con alta movilidad estudiantil pueden requerir matices (p. ej., puntos de contacto en la escuela, horarios de comunicación, uso en trayectos).

Uno de los temas pendientes es la definición de protocolos claros, definir quién, cuándo y cómo se autoriza el uso por emergencia o situación particular; establecer un canal oficial escuela-familia para reducir la dependencia del celular en el recreo.

Lo que en realidad faltaría es educación digital, como integrar en el currículo el uso responsable, verificación de fuentes y protección de datos, de modo que la restricción no se lea como “el celular es malo”, sino como “hay tiempo y lugar”. Se debe también incluir la participación local, usar los consejos técnicos y consejos de participación para ajustar reglas operativas y resolver casos específicos sin burocratizar la excepción.

En conclusión, la restricción puede mejorar el clima escolar y la atención si se implementa con protocolos claros y recursos pedagógicos; pero, sin participación local y sin alternativas para el uso educativo, corre el riesgo de percibirse como una limitación innecesaria que ignora buenas prácticas docentes y las necesidades de comunicación de las familias.