Alfredo Bielma VillanuevaAlfredo Bielma Villanueva

Alfredo Bielma Villanueva

¿Quién en el argot mixto entre políticos y comunicadores no sabe el significado, o mejor, el contenido del mentado “Chayote”? Si alguien aún recuerda al inefable Carlos Denegri, a quien atribuían la magia de cobrar para ocultar la verdad a cambio de suculentos sobres, comprenderá en toda su extensión la pervivencia de ese modelo de “pago” mejor conocido como el “Chayote”. En estricto sentido, debemos aceptar que en México esa forma de “ayuda” a periodistas floreció gracias a la añeja costumbre de políticos de cola larga y sucia, y de otros cuyos egos ensanchados recompensaban por el silencio cómplice a sus fechorías, o por las alusiones favorables a su persona. Pero este fenómeno no es ortiga de cuyo cultivo tengamos la exclusiva, ni es flor brotada en nuestros tiempos, pues históricamente está registrada miles de años antes de nuestra era, Heródoto lo relata con meridiana claridad en su suculenta narrativa sobre la invasión persa contra Grecia. También la encontramos registrada en tiempos previos a la Revolución Francesa, cuando la disposición humana para halagar al poderoso por obtener beneficios dejó patéticas constancias. Por ejemplo, en mayo de 1774 un caso asombroso es el de Monsieur Voltaire, el gran censor del poder, el mismo que expresara: “la única aristocracia que reconozco es la del pensamiento”, y sin embargo, envió un adulador “billete” a Madame Du Barry, la nueva favorita del rey Luis XV, sustituta de Madame Pompadour. Madame Du Barry había mandado un saludo a Voltaire con la encomienda de darle de su parte dos besos, ante tan inesperado gesto de tan distinguida fémina el muy adulador Voltaire le escribió: “… ¿Cómo? Dos besos al final de mi vida ¡qué pasaporte os dignáis concederme! ¡Dos! Adorable Egeria, esto es demasiado; ¡Ya habría muerto de placer con el primero!  … Me ha mostrado vuestro retrato, os pido que no os ofendáis, señora condesa: me he tomado la libertad de devolverle los dos besos en un transporte de pasión que mi profundo respeto debió atemperar a duras penas… No podéis impedir este homenaje, débil tributo de quien puede ver; los mortales adoramos vuestra imagen, el original está hecho para los dioses”. Esta explosiva muestra de admiración y obsecuencia hacia quien estaba cerca del poder, muy pronto se esfumó porque ya se avecinaba la defenestración del Rey Luis XV. Para Voltaire ya era tarde y quienes lo conocieron supieron de su arrepentimiento respecto a tan efusivo mensaje que ponía en tela de duda su gallarda disposición antimonárquica. Y ya ubicándonos en esta nuestra bella nuestra aldea, hemos sido mudos testigos del explosivo rebrote chayotesco durante los funestos días de la dupla Fidel-Duarte, en ese entonces observamos la orquestada sinfonía de la procesión del silencio de muchos medios que caminaron en concierto de complicidad con el asalto más inclemente contra Veracruz de que se tenga memoria. Quizás a algún acucioso investigador, a semejanza de la autora de “Las mujeres del narco” dedique sus tiempos libres a documentar lo que pudiera intitular “los viudos del chayote veracruzano”. ¡Qué de cosas habrán de contarte, ¡Qué de cosas sabrás tú de mí! Cantaba Lucho Gatica.