Un plafón que resume perfecto el sexenio completo
Hoy mismo un plafón se desprendió en un consultorio de Ginecología del CAE «Rafael Lucio» — con una paciente adentro, en plena revisión, y una compañera doctora que también terminó alcanzada por los escombros. No es metáfora, no es exageración: literalmente se nos está cayendo el hospital encima mientras trabajamos, mientras intentamos sostener con las manos lo que ustedes debieron sostener con presupuesto. Miren las fotos: el boquete en el plafón, el instrumental arrumbado sin dónde acomodarse, el piso mojado porque ni eso funciona ya. Esto no es un hospital, es una trampa mortal con logotipo oficial.
Y esto pasa en el mismo edificio donde, hace apenas unos días, el par de ineptos que lo administra decidió que ni loca ni loco iba a poner un pie ahí cuando se enfermó alguien de su propia sangre. Para nosotros: paredes que se desmoronan encima de la paciente. Para ellos: el Ángeles, con aire acondicionado y sábanas limpias. Que quede clarísimo: ustedes ya nos dijeron, sin necesidad de una sola palabra, exactamente cuánto valemos.
Y por si el plafón fuera poco, ahora también sarampión
Como si el desabasto y la infraestructura desmoronándose no fueran suficiente fiesta, resulta que a unas cuadras de nosotros, en el Centro Estatal de Cancerología, ya van 16 casos confirmados de sarampión, 12 de ellos en personal de salud, compañeros que se contagiaron trabajando porque ustedes tampoco fueron capaces de sostener algo tan básico como un esquema de vacunación, y dos muertes: una niña de 10 años que ya venía luchando contra un linfoma no Hodgkin, y un joven de 22 años que ni siquiera alcanzó a cumplir los 23. Ya acumulamos 81 casos en el estado. A nivel nacional vamos en casi 13 mil, el doble de todo 2025.
Léanlo bien par de animales, aunque sepamos que no van a sentir nada: una niña de diez años, que ya cargaba cáncer, se murió además de sarampión. De una enfermedad que se erradica con una vacuna que cuesta menos que su comida de Palacio de Gobierno. Eso no es una estadística que se les escapó, es la firma que ustedes pusieron con su indiferencia. Cada dosis que no llegó a tiempo, cada presupuesto que se recortó, cada mentira de «todo está bien» que repitieron en cámara, tiene un nombre y una edad: diez años.
El resumen del desastre, sin adornos
Un hospital donde el techo se nos viene encima mientras atendemos pacientes con las manos desnudas. Un brote de una enfermedad que dejó de matar niños en México hace generaciones, resucitando a unas calles de donde trabajamos, porque a ustedes ni la vida de los niños les mueve un dedo. Una pareja de basura con cargo público que, cuando el enfermo fue de los suyos, corrió al hospital privado más caro que encontró, dejándonos a nosotros aquí, entre plafones rotos y jeringas contadas, sosteniendo con las uñas lo que ustedes deberían sostener con recursos.
Que se les caiga encima, algún día, todo el peso de cada mentira que han dicho frente a esas cámaras. Que la historia los recuerde exactamente como lo que son: la basura que dejó morir niños por soberbia mientras ellos se atendían en el privado. No les deseamos nada que ustedes mismos no se hayan ganado con años de indolencia — y con esto nos basta: cada vez que alguno de ustedes vuelva a salir a decir que todo está bien, va a haber una niña de diez años que ya no puede desmentirlos, y nosotros sí. Y no vamos a parar de recordárselos, uno por uno, hasta el día en que se les caiga a ustedes también, por fin, la máscara.
