Cuenta la historia que, en un país lejano, vivía una familia real: el rey, la reina y muchos súbditos. La reina, quien padecía una pequeña cojera, le enfadaba en extremo que alguien le dijera, insinuara o comentara algo en referencia a su problema para caminar. Era tanta la indignación, que el rey, su esposo, hombre de armas tomar, ordenaba de inmediato fusilar o pasar por la guillotina al atrevido que osara llamar coja a la reina.
Pero, como en todos los lugares del mundo hay atrevidos y valientes, no faltó quien cruzara una apuesta, bastante fuerte por cierto, a que llamaría coja a la reina y que, en vez de enfadarse, le sonreiría y agradecería, sin un menoscabo de molestia.
La apuesta se hizo, quedó firme. Y se acordó que el día que su Majestad, acompañada del Rey salieran a pasear por el reino, ese día el apostador le diría coja a la reina y no habría ningún problema.
El día llegó. El Rey y la Reina, acostumbrados a pasear por el reino y saludar a sus súbditos, toparon con quien había apostado una fuerte suma de dinero para cumplir un solo objetivo: Llamarle coja a la Reina.
El apostador, acompañado con el que había hecho la apuesta y algunos testigos, portando un clavel y una rosa en la mano, se acercó reverente a los Reyes y dirigiéndose directamente a la reina, le dijo:
-Mi Reina, entre este clavel y esta rosa, su Majestad escoja.
La Reina, complacida por la atención del fino caballero, tomó la rosa, sonrió, agradeció el noble gesto y siguió su camino.
El apostador, le dijo a su contraparte: – ¡ven, se los dije! He llamado coja a la Reina y no se ha enfadado y el Rey tampoco.
Y, obvio, le tuvieron que pagar lo apostado.
Acá en la aldea, en una de sus tantas regiones tropicales, en particular en sus zonas de lagunas y ríos, habita una especie de pescado que se conoce como “guabina” Se desconoce cuáles sean las características de citado pescado, pero se cree que, al hacer referencia a una persona, es porque esta cambia de parecer recurrentemente o de filiación política.
Bien, pues allá, en aquella zona, había un personaje al que apodaban “El Guabino”, sobrenombre que le enfurecía cada vez que se lo decían, retando a muerte a quien se atreviera a llamarlo de esa manera.
Pero, acá en esta parte del mundo, y más en la zonas ribereñas, también hay atrevidos y valientes.
Hubo quien, entonces, al calor de las copas, jarana y arpa de por medio, lanzó el reto que llamaría “Guabino” al paisano aquel, éste no se daría cuenta e, incluso, festejaría el hecho. Las apuestas se cruzaron, cual más hasta consiguió prestado para participar en la quiniela.
Un día, reunidos en torno a una mesa de cantina, entre chistes, chascarrillos y cuentos, se apareció en el sitio aquel al que le decían “Guabino” y enseguida se integró al grupo de aquellos alegres bohemios.
De los chistes, chascarrillos, pasaron a los “albures” y la concordia estaba en su máximo apogeo. La camaradería se sentía en el ambiente. Con la mirada y guiños de ojos, los apostadores instaban al atrevido apostador a que ya le dijera “Guabino” a aquel camarada. Les interesaba ver la reacción del apodado y observar la prometida golpiza que acostumbraba a dar a aquel que así lo llamara.
Pidió la palabra el apostador aquel y empezó una perorata que no tenía ni pies ni cabeza, no hilaba las ideas ni los comentarios que externaba, pero hablaba, hablaba y no dejaba de hablar; de una idea se brincaba otra, en tato la expectación crecía y los apostadores ya querían saber el desenlace.
Pero, poco antes de terminar su alocución, el apostador se acercó al que apodaban “El Guabino”, y dándole una palmada en el hombro, exclama:
-Con esto que les acabo de comentar, solo les puedo decir una cosa: “yo, cuando digo agua va, es que “¡agua vino!”
El público, todos los asistentes, hasta “El Guabino” se carcajearon a más no poder de la sutileza y la habilidad verborrea de aquel apostador, quien llamo “Guabino” al “Guabino”, sin que este se diera cuenta y, muchos menos, se ofendiera.
El ingenio picaresco y la sátira son inherentes al ser humano. Y hoy que vemos y sabemos que en el país hay alguien a quien no le gusta que lo llamen de manera afectiva por su nombre en diminutivo, no faltará quien le encuentre una nueva acepción a como quiere que lo llamen.
Así, al igual que el caballero aquel del reino que llamó coja a la reina e igual a aquel habitante ribereño que llamó por su apodo a quien no le gustaba el motejo de “Guabino”, no faltará quien encuentre una forma nueva y diferente de llamar al ilustre mexicano que ahora demanda ser llamado por su nombre completo.
Vaya usted a saber cuales sean sus fines o intereses.
