Por estos días, el sarampión decidió hacer turismo local. No eligió aeropuerto, eligió colonia.

Dos casos en El Sumidero. Cerco sanitario. Brigadas casa por casa. Vacunación de bloqueo. Protocolo serio.

Y mientras tanto, me pongo a pensar que Jardines de Xalapa –donde vivo– resulta que es el paso obligatorio de los vecinos del Sumidero para ir a la escuela, al trabajo, a la tienda, al Oxxo, a la vida.

Seis minutos en carro. Treinta caminando. En transporte urbano varía. El asunto es que de un modo u otro, pasan por Jardines de Xalapa porque es más rápido cruzar el parque que esperar a dar toda la vuelta en la ruta.

De un modo u otro, los siete días de la semana, invariablemente, hay vecinos del Sumidero cruzándose en mi camino a cualquier hora del día.

Pero tranquilo… respira Dor (me digo)… recuerda que ya salió a hablar la gobernadora Nahle y, básicamente, el mensaje fue algo así como:

“Todo está bajo control”.

Y uno escucha eso mientras ve a Sesver tocando puertas con cara de “esto-no-está-tan-bajo-control-como-dicen”.

El detalle aquí no es el sarampión. El detalle es que el sarampión está haciendo lo que siempre ha hecho desde 1989-90:

Aprovechar los huecos. No los huecos del aire. Los huecos del sistema. Porque el sarampión no viaja solo. Viaja acompañado de: Cartillas incompletas, vacunas que “no había ese día”, gente que no regresó por el refuerzo, años creyendo que esa enfermedad ya era parte de los libros de historia y entonces pasa lo que nunca debe pasar:

Aparece un caso en una colonia… bueno, dos… dos casos, no dos colonias… pero en realidad el mapa de riesgo es el barrio de al lado. El que comparte combis. El que comparte rutas escolares. El que comparte mercado. El que comparte banqueta. El cerco sanitario es una cosa preciosa en el papel. Un círculo perfecto alrededor del problema.

La realidad urbana de Xalapa es otra cosa:

El círculo tiene fugas, atajos, escaleras, callejones, rutas alternas y señoras que dicen “nomás voy rápido por el pan”.

Y ahí va el virus, feliz, caminando más que nosotros.

Lo verdaderamente sarcástico es esto: México fue declarado libre de sarampión en 2016.

Una victoria de salud pública monumental. Y diez años después, no reaparece por falta de ciencia, reaparece por exceso de descuido. Y no es que nadie haya dejado de creer en las vacunas. Simplemente dejamos de ir por ellas. El sarampión no regresó. Nosotros pedimos que volviera. Y ahora vemos brigadas tocando puertas como si buscaran votos, pero no: buscan niños sin segunda dosis.

Mientras tanto, desde el discurso oficial, todo “está bajo control”. Sí. Bajo control epidemiológico. Lo que no ha estado bajo control desde hace años es la cobertura de vacunación.

Y ahí es donde la Constitución, si hablara, diría: Yo hablo de derechos… pero ustedes hablan de ‘ajustes necesarios’. (Un comercial aprovechando que este jueves es su día)

Porque el derecho a la salud no se pierde cuando aparece el virus. Se pierde cuando desaparece la prevención. Así que aquí estamos: Con un cerco sanitario en El Sumidero, y el paranoico que escribe, viendo a Jardines de Xalapa como corredor involuntario de un sarampión cruzándose en mi camino cada vez que salgo a dar la vuelta al parque.

La buena noticia es que Sesver está haciendo lo que tiene que hacer.

La mala noticia es que está haciendo lo que no debería ser necesario hacer en 2026.

Y eso, más que alarma sanitaria, es una radiografía política de cómo Dinamarca se volvió un chiste.