En 2019, cuando se anunció la construcción de una refinería en Paraiso, Tabasco, se escucharon voces expertas alertando sobre los inconvenientes del terreno elegido para edificarla. Desde el Instituto Mexicano del petróleo con toda su autoridad técnica detallaron los inconvenientes de una refinería en ese lugar, aparte del daño ecológico se expusieron argumentos solidos de sapiencia técnica que avisaban de una ubicación impropia para una factoría de esa naturaleza. Pero López Obrador, que durante la campaña política había ofrecido construir dos refinerías (otra en Campeche), ya había decidido que Dos Bocas sería la sede de una refinería cuyo propósito consistía en conseguir para México la autosuficiencia energética y a la vez potenciar el desarrollo económico de la región sureste del país. Más aún, cuando se publicó la licitación a empresas constructoras de refinerías especificando un presupuesto de 8 mil millones de dólares en un plazo de tres años, ninguna coincidió, ni con el presupuesto ni con el plazo, era prácticamente imposible edificarla en tres años y mucho menos ponerla a funcionar con solo 8 mil millones de dólares, incluso declararon que fácilmente rebasaría el doble de lo presupuestado. Declarada desierta la licitación, el gobierno inició la narrativa de cuento infantil: se haría con ingenieros mexicanos en solo tres años al costo programado. La ignorancia sobre el tema se antojaba de antología, el tiempo y el aumento exponencial del costo de construcción rebasaron las expectativas, y, lógico, los expertos en construir refinerías pudieron advertir que México es un país donde quien sirve de presidente actúa impunemente como un semi Dios y sus caprichos se cumplen al costo que sea y de manera impune. Aunque usted no lo crea. 

Ahora la presidenta Sheinbaum carga con ese legado y debe asumir los costos de decisiones formuladas al arbitrio de radical voluntarismo de su antecesor. Hubo antecedentes aleccionadores: en 2007 el presidente Calderón anunció su proyecto de construir una nueva refinería, para ese efecto convocó a gobernadores de diferentes entidades a presentar sus respectivas propuestas para llevarse la refinería a su estado, se realizaron foros de consulta y finalmente la decisión se inclinó por Hidalgo. La especulación afirma que no se construyó la refinería porque Calderón prestó oídos a quienes argumentaban la inconveniencia de una refinería más porque, se decía, era más barato la gasolina que refinarla; también porque en el horizonte a futuro la tendencia señala un uso cada vez menor de hidrocarburos. Y la refinería no se hizo. Cuando candidato, Peña Nieto anunció en Yucatán un Tren Peninsular, pero técnicos en la materia, empresarios y ecologistas presentaron argumentos en contra de ese proyecto, por lo que Peña Nieto desistió de su intención. No sucedió así con López Obrador en quien los sólidos argumentos en contra de una refinería en Dos Bocas y de un Tren en la Península Yucateca no hicieron mella. Las consecuencias están a la vista.