No se incurre en inocencia si abordamos el tema de la sucesión presidencial recientemente incorporado en la agenda ciudadana, no por un ciudadano o partido político alguno sino por el presidente López Obrador, de allí la importancia del asunto, por cuanto a su inherente significado. ¿Por qué el presidente adelanta ese movimiento sucesorio cuando ni siquiera concluye el tercer año de gobierno? Porque, si es estrategia distractora podría resultar contraproducente pues el rutinario acontecer lo desgataría. En cambio, sugiere dar por concluido el gobierno, es decir, sin solución o atención a los grandes problemas nacionales: inseguridad pública, desabasto permanente de medicinas, pobre infraestructura carretera, ayuna de mantenimiento, inflación, encarecimiento de productos básicos, desempleo, bajo o nulo crecimiento económico, entre otros muchos expedientes. En pleno rebrote pandémico y con problemas políticos severos, endurecidos por la polarización inducida, se le acumulan los problemas al gobierno; y por las diferencias cada vez más frecuentes con los gobiernos de España los Estados Unidos el panorama se nos oscurece en mayor medida. Y, sin embargo, hablamos de la sucesión presidencial ¿Por qué? Es obvio que el mandatario no deja cabos sueltos al señalar posibles sucesores, pero en los asuntos públicos los factores y actores políticos son variables independientes, que llegado el momento son difíciles de controlar.

