Quienes asumieron el mando nacional a partir de 2018 se encuentran en la paradoja que los sitúa en el lugar donde antaño, en los días del “pueblo unido, jamás será vencido” y del “sí se puede”, dirigían sus furibundas críticas exigiendo al gobierno acciones efectivas contra la violencia, la extorsión, la corrupción y la desigualdad social. En contraste, ahora, ya mutados a la condición de gobernantes, atribuyen a motivaciones políticas cualquier síntoma de protesta o inconformidad social, y según ese criterio, son parte del “complot” contra el gobierno, que sin embargo no acaba de entender los avisos y advertencias acerca de un precipicio social cuyos bordes están ya a la vista. Esa miopía política pudiera tener origen en la metamorfosis de la oruga a mariposa, el transito de la protesta callejera a operar políticamente el destino de un país no es fácil de digerirlo. Es el síndrome del cantinero que ahora observa en su clientela la desenfadada conducta del borracho, la misma que antes adoptaba con desatendido regocijo.
El símil pudiera aplicarse a la represión contra quienes bloquean vías de comunicación, conductores cansados de la extorsión y la violencia permanente en las carreteras del país exigiendo protección y apoyo. Ahora se califica de “injustificadas” las protestas de agricultores, indefensos e impotentes, para conseguir el respaldo económico a su muy demacrada economía, a cambio se les descalifica atribuyéndoles motivaciones políticas, ahora la víctima es el gobierno, los sectores de la población que protestan son los enemigos del pueblo. Si el Comité de la ONU encargado de analizar el problema de la desaparición forzada en México concluye que su dictamen debe ser subido a la Asamblea de esa organización internacional, en lugar de coordinarse en sinergia el gobierno de México lo descalifica y le imputa parcialidad y sesgo. Pero no explica por qué los índices de desapariciones tienen tendencia alcista sin que haya signos de poder detenerla. Miles de cadáveres yacen a la espera de ser identificados, pero su número rebasa la capacidad técnica del gobierno mexicano para acelerar su identificación; sin embargo, se rechaza el potencial respaldo de la ONU. Es lamentable, porque una vez más se demuestra cuán diferente suele ser reclamar soluciones a problemas generales respecto de saber cómo resolverlas. Coloquialmente lo ejemplifica la diferencia entre la condición del borracho y la del cantinero.
