Durante los últimos años, el debate político mexicano ha girado alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: ¿ha funcionado o no la Cuarta Transformación?
La discusión suele reducirse a una confrontación entre defensores y detractores del gobierno. Unos afirman que vivimos una transformación histórica; otros sostienen que el país atraviesa un proceso de deterioro institucional. Sin embargo, ambos enfoques suelen pasar por alto una cuestión fundamental.
La pregunta no es únicamente qué ha logrado la Cuarta Transformación.
La pregunta es qué le falta para convertirse en un verdadero proyecto nacional de largo plazo.
La principal fortaleza política del obradorismo fue identificar correctamente una demanda social que había sido ignorada durante décadas.
Millones de mexicanos percibieron que el modelo político y económico construido durante el periodo neoliberal había generado desigualdad, privilegios, corrupción y una profunda distancia entre gobernantes y gobernados.
López Obrador interpretó ese malestar social y construyó una narrativa capaz de articularlo políticamente. Ahí radica buena parte de su éxito.
Sin embargo, toda transformación histórica enfrenta un momento decisivo. El momento en que debe pasar de la crítica al antiguo régimen a la construcción de un nuevo orden. Y es precisamente ahí donde aparecen las principales limitaciones de la Cuarta Transformación.
Hasta ahora, el combate a la corrupción ha funcionado como su principal eje articulador. Se trata de una bandera legítima y necesaria.
Pero ningún proyecto histórico puede sostenerse indefinidamente sobre un solo tema.
La corrupción explica parte de los problemas nacionales, no explica por sí sola el desarrollo económico, no explica la revolución tecnológica, no explica la transformación educativa, no explica la reorganización territorial del Estado, no explica los desafíos ambientales, no explica la construcción de una estrategia nacional para competir en el mundo del siglo XXI.
Por ello, después de más de una década de predominio político, resulta inevitable formular una pregunta: ¿dónde está el proyecto nacional de la Cuarta Transformación para 2050?
Hasta ahora encontramos avances importantes en materia de justicia social y redistribución. Pero todavía no observamos una formulación integral sobre la economía del futuro.
No existe una definición suficientemente clara acerca del papel que debe desempeñar el Estado en la nueva economía.
Tampoco existe una estrategia articulada sobre inteligencia artificial, innovación científica, productividad, transformación tecnológica o desarrollo regional.
Más allá de la reivindicación de los principios históricos de la Revolución Mexicana, continúa siendo difícil identificar una propuesta sistemática para los desafíos del siglo XXI.
Otro de los límites del movimiento tiene que ver con la construcción de una nueva clase política, que supere la inercia de la obsoleta clase política actual.
Una de las críticas centrales del obradorismo consistía en señalar el agotamiento de las élites tradicionales, sin embargo, con el paso de los años, Morena comenzó a incorporar una gran cantidad de cuadros provenientes precisamente de esas mismas estructuras políticas que había cuestionado.
Ex gobernadores, ex legisladores, dirigentes partidistas, y principalmente, caciques y operadores políticos.
Muchos de ellos provenientes de los partidos que durante años representaron el antiguo régimen.
El resultado es una contradicción evidente.
Mientras el discurso habla de transformación, la práctica muestra una creciente convivencia entre las nuevas y las viejas élites políticas.
Esto ha provocado el desplazamiento de numerosos liderazgos sociales y ciudadanos que acompañaron al movimiento obradoristas desde sus orígenes.
La consecuencia es que Morena corre el riesgo de reproducir algunas de las dinámicas que originalmente prometió superar.
Toda transformación necesita renovación permanente.
Ningún proyecto político puede depender indefinidamente de un liderazgo fundacional, debe construir nuevas instituciones, formar nuevas generaciones, debe democratizar la toma de decisiones, debe generar mecanismos para evitar la captura del movimiento por grupos de interés.
La llegada de Claudia Sheinbaum abre precisamente esa posibilidad, la posibilidad de pasar de una etapa fundacional a una etapa de consolidación, pero para lograrlo resulta indispensable ampliar los horizontes de la transformación, y limpiar a MORENA de su subordinación con el Estado y su reedición con las viejas prácticas y liderazgos tránsfugas venidos del PRIAN.
México necesita una visión nacional para las próximas décadas, una visión que integre justicia social con innovación, democracia con eficacia institucional, desarrollo económico con cohesión social, prosperidad con sustentabilidad, municipios fuertes con un Estado estratégico, ciudadanía activa con instituciones modernas.
La verdadera discusión política de los próximos años no consiste en decidir si la Cuarta Transformación debe continuar o desaparecer.
La verdadera discusión consiste en determinar si será capaz de evolucionar.
Si logra construir una teoría política, económica e institucional capaz de responder a los desafíos del siglo XXI.
O si terminará convertida en un ciclo político definido principalmente por la memoria de su liderazgo fundador.
La historia demuestra que las transformaciones sobreviven cuando son capaces de renovarse, y se agotan cuando confunden el inicio del camino con la llegada al destino.
México necesita una nueva etapa de desarrollo nacional.
La pregunta sigue abierta, ¿será capaz la Cuarta Transformación de construirla?
Este artículo forma parte de las líneas de investigación sobre gobernanza estratégica, prospectiva institucional y proyectos nacionales desarrolladas por CONSILIUM.
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