Dicen que durante el Mundial de México 1986 algunos futbolistas extranjeros sufrieron lo que popularmente se conoce como «el mal de Moctezuma». El cuerpo reaccionaba a un entorno al que no estaba acostumbrado. Algo parecido ocurre cada cuatro años con millones de personas alrededor del mundo: el Mundial altera nuestras rutinas, nuestras conversaciones y hasta nuestras prioridades.
A unas horas de que vuelva a rodar el balón, conviene preguntarse qué estamos viendo realmente cuando observamos un partido de futbol. Porque el Mundial nunca ha sido solamente deporte; es también economía, política, cultura, identidad y poder.
Desde hace décadas se repite la idea romana del pan y circo para explicar los grandes espectáculos de masas. La comparación resulta tentadora. Durante un mes, gobiernos, empresas, medios de comunicación y organismos internacionales concentran la atención de miles de millones de personas en noventa minutos de juego. Mientras el balón rueda, el tiempo parece detenerse. Las diferencias políticas, los problemas económicos y las tensiones sociales pasan a segundo plano.
Sin embargo, reducir el futbol a una simple distracción sería un error. Si el deporte moviliza tantas emociones es porque forma parte de la vida cotidiana de las personas. El aficionado no celebra únicamente un gol; celebra una identidad. En la cancha aparecen la historia local, el orgullo regional, el sentimiento nacional y hasta las aspiraciones colectivas de una sociedad.
Por eso, el futbol es un fenómeno sociológico extraordinario. Es una de las pocas experiencias capaces de reunir a millones de desconocidos bajo una misma emoción. El problema comienza cuando ese sentimiento legítimo se convierte en mercancía.
Detrás de cada Mundial existe una industria multimillonaria. Los jugadores son marcas globales, los clubes funcionan como corporaciones internacionales y los derechos de transmisión mueven cantidades de dinero difíciles de imaginar. El futbol contemporáneo vende camisetas, apuestas, publicidad, plataformas digitales y experiencias de consumo. La pasión se ha convertido en un producto.
La contradicción es evidente. Mientras los aficionados viven las victorias y las derrotas como si fueran propias, los grandes beneficios suelen concentrarse en organismos, patrocinadores y grupos empresariales. El pueblo aporta la emoción; otros administran las ganancias.
Y, aun así, seguimos mirando. Quizá porque necesitamos creer en algo que nos una en una época marcada por la fragmentación. Quizá porque durante noventa minutos es posible imaginar que pertenecemos a una comunidad más grande que nosotros mismos.
Ese podría ser el verdadero mal de Moctezuma de nuestro tiempo: no la bacteria que afectó a algunos jugadores en 1986, sino la incapacidad de distinguir dónde termina la pasión auténtica y dónde comienza la explotación de esa pasión.
El Mundial está por comenzar. Gritaremos los goles, discutiremos alineaciones y volveremos a ilusionarnos. Pero, mientras observamos el espectáculo, vale la pena recordar que detrás de cada balón también se juegan intereses económicos, políticos y culturales. Entenderlo no nos obliga a dejar de disfrutar el futbol; nos obliga, simplemente, a verlo con los ojos abiertos.
Y sí, cuando juegue México, también estaremos frente al televisor. La diferencia es saber que el partido que vemos en la cancha nunca es el único que se está jugando.
