Hace unos días regresé a Coatzintla, atraída nuevamente por el extraordinario zacahuil de doña Petra y por la calidez de su gente. Entre conversaciones espontáneas surgió un tema recurrente: la congruencia.

Porque en política cambiar no es un pecado. Todos evolucionamos. Lo que genera dudas es cuando los cambios parecen borrar las convicciones de ayer sin ofrecer explicaciones de hoy.

La confianza ciudadana no se construye con fotografías ni con nuevos aliados. Se construye con coherencia, con memoria y con la capacidad de sostener los principios cuando cambia el viento.

Al final, los cargos pasan, los grupos políticos se transforman y las campañas terminan.

La historia no.