Estaba haciendo fila en una caja de cobranza de un centro comercial de alimentos. Justo enfrente de mí se encontraba un hombre de edad avanzada, quien, al igual que yo, esperaba su turno para pagar los insumos que había escogido: medio cono de huevos, una bolsa de bolillos, una bolsa de jabón en polvo y otros insumos. Después me di cuenta de que los costos de sus productos no rebasaban los 500 pesos mexicanos.

El hombre se paraba encorvado, se veía cansado, traía una ropa descolorida y un chaleco de repartidor de esas plataformas virtuales para la compra de alimentos. Al igual que el resto de su ropa, lucía descolorido y apretado a su cuerpo. Al llegar su turno, la cajera le señaló en la pantalla el total que debía pagar, que, como dije, no rebasaba los 500 pesos. El hombre sacó sus gafas para ver mejor y extrajo de la bolsa de su pantalón una tarjeta del Banco del Bienestar, que le dio a la cajera para que se cobrara 130 pesos de ahí y lo demás lo pagaría en efectivo. Por cierto, no hacía mucho tiempo, una semana a lo sumo, que le había tocado su paga bimestral del apoyo gubernamental de los programas sociales para adultos mayores. Después de que le cobrara por esa vía una parte del total de sus insumos, sacó de la misma bolsa de su pantalón unos billetes arrugados, los contó y le dio a la cajera el resto del total que tenía que pagar.

Después de que pagué lo que había ido a comprar, me topé con el hombre en el estacionamiento, metiendo sus insumos en una bolsa que acomodó en la parte trasera de su motocicleta, que no era de modelo reciente, pero se veía en buenas condiciones para conducirla.

Mi esposa, que me acompañaba, me preguntó qué estaba pensando, porque me había visto serio en el centro comercial a la hora de pagar. Le dije que estaba observando al señor que estaba enfrente de nosotros en la fila de la caja.

Que el apoyo del gobierno a los adultos mayores les venía bien y que, para muchísima gente, era un gran apoyo para completar sus gastos de manutención; y que había sido un buen acierto del ex presidente Obrador haber creado esos programas sociales para las personas menos favorecidas y pobres. Pero también que no eran suficientes ni esos apoyos sociales ni lo devengado en los empleos para formar una clase media mayoritaria que viviera en mejores condiciones de vida, pues a la mayoría de los mexicanos les cuesta cubrir sus gastos necesarios y mínimos para una vida saludable y en paz.

También le dije que, mientras la gran mayoría de los que habitamos este mundo se encuentra en las mismas condiciones de la persona de la que le estoy comentando, y esto sin contar una buena cantidad de pobres extremos que no tienen nada de nada, los dueños del mundo, en su lucha por el poder, tanto local como global, gastan toneladas de dinero en sus luchas abiertas -especialmente en guerras- y encubiertas, sometiendo al acoso a países rebeldes al statu quo de las naciones dominantes, sin importarles el derecho internacional ni mucho menos la ética que debería conducir las acciones de gobernantes y políticos.

Que vivimos tiempos de podredumbre, de retroceso civilizatorio, de vilezas y del imperio de las pulsiones; que Freud había acertado al describir los principios del placer, de realidad y, sobre todo, la pulsión de muerte que atesora el efímero ser humano. Que las muertes y el sufrimiento de miles de personas por instaurar un constructo epistémico civilizado se habían ido al traste; que nuestros discursos de atención al cambio climático, a la sostenibilidad y a la sustentabilidad, ya ni quien los recuerde; que nuestra vanagloria por nuestra condición racional era una forma de saludo insustancial; que, si los ilustrados estuvieran presentes en esta época, seguro volverían a morirse de decepción y de tristeza al darse cuenta de que el hombre vive en la banalidad, el desapego y la estupidez; que el hombre es su propia destrucción, su propio enemigo. Por cierto, ilustrados que murieron pensando que el hombre vivía en “el mejor de los mundos posibles”.

Le dije que el colapso civilizatorio ha sido radical y que creo que todavía el hombre no se ha dado cuenta, pues sigue en las plácidas burbujas de su solipsismo y narcisismo, que lo mantienen lejos de las malas noticias; que las feroces y bárbaras guerras que se viven en pleno corazón de Europa y en el Medio Oriente las experimenta como acontecimientos de una película hollywoodense de guerra que solo ocurren como una ficción controlada para sentirlas reales; que duran en la memoria el tiempo que, de forma distraída, se topa con ellas en el mundo virtual o en la televisión, eso si no opta por un partido de fútbol o un buen culebrón de noticias; pero que jamás las reconoce como propias y menos como responsabilidad o incumbencia suya.

Que la alienación la vive el hombre como una inmunidad al dolor ajeno; que la pregunta implícita freudiana en su libro Tótem y tabú -¿qué tan civilizados son los salvajes y qué tan salvajes son los civilizados?- ya obtuvo una respuesta. Cuando menos, el salvaje respetaba y vivía sus ficciones a pie juntillas; la sangre derramada del enemigo caído merecía una limpia de su cuerpo. Pero los modernos gozan con el dolor ajeno o lo tienen forcluido del lenguaje con que describen su vida humana.

Y que el shock dejó mudos hasta a los que supuestamente piensan de manera racional y exacta: los intelectuales y académicos, que, aparte de sus burbujas estructurales, se refugian en sus cubículos buscando la cura contra el cáncer, la explicación de los agujeros negros, resolver las aporías de las matemáticas o conquistar el espacio y los planetas para extraer capital de sus tierras y rocas. Y los humanistas se conforman con recordar las teorías y tesis sobre la existencia humana, el ente y el ser, o el ser-ahí, que no deja de moverse para continuar oculto. Pues la condición humana luce pequeña ante el vacío aterrador de conceptos, ideas, sentimientos y esperanzas; nos habíamos acostumbrado a pensar que ya habíamos superado los campos de concentración y que incluso el sufrimiento de los judíos luce pequeño ante el genocidio con misiles y drones con que escarmientan a los terroristas palestinos, que son todos.

Que volver a pensar al hombre resulta una empresa intelectual de muy largo plazo, pues si tardamos más de dos mil años en creer y adoptar nuestras ficciones como reales, volver a pensar al hombre implica volver a pensar sin puntos ni comas, con nuevos significantes, nuevas teorías; esto sin contar que los grandes cerebros están metidos en las industrias del entretenimiento o en la de la guerra.

Que la clase política es el ejemplo más vulgar de la degeneración humana; que verlos actuar con sus grandes lenguas hablando de pobreza, democracia, Estado de derecho y amor al prójimo contrasta con sus lustrosos zapatos, sus casas exquisitas y sus coches nuevos, lo que provoca vómito y náuseas.

Que el virus más mortal es el propio hombre y que la pulsión de muerte lo convierte en un auténtico suicida. Y, contrario a Camus, quien piensa que el suicidio es una confesión de que “la vida se ha vuelto incomprensible o insoportable”, el suicidio humano es el vértigo narcisista de la sobrerrepresentación de uno mismo. Basta observar el rostro de Donald Trump, el sepulturero de la Ilustración; el goce en sus gestos al ordenar “poner orden” al mundo mediante amenazas de invasión, guerras, misiles y aviones invisibles; y pedir a su Congreso más presupuesto para “volver a hacer grande a los EE. UU.” (Make America Great Again), aunque tenga que llevarse por delante dos mil años de trabajo para crear, entre comillas, este mundo “civilizado”.

Y lo peor: ¿qué les enseñaremos a nuestros hijos y alumnos? ¿Que los problemas del hombre en sociedad se resuelven con la fuerza y las armas? Pues, patéticamente, vemos las declaraciones sesgadas y casi murmuradas de los representantes de los organismos internacionales, con miedo, esperando no enfurecer a los nuevos padres de las hordas primitivas que gobiernan este mundo.

Pero la vida continúa, la lucha por el poder no para y la clase política y económica, indiferente a la razón y al debate, prefiere gritar exabruptos para reafirmar que son los salvadores de un mundo que ellos mismos están destruyendo.

No queda más que decir: la cruel y estúpida humanidad, sometida a sus contradicciones, ve cómo su pequeño mundo se desvanece en sus propias manos.

Junio de 2026.