La discusión política dominante permanece atrapada en marcos epistemológicos agotados, incapaces de comprender la separación estructural entre economía y política en el capitalismo global. Mientras la economía -gestionada por élites transnacionales- opera sin fronteras y responde a intereses macroestructurales articulados desde el centro imperial, la política estatal balbucea dentro de una narrativa ilustrada ficticia. Por lo que sin una ruptura epistémica decolonial y una revisión crítica de la economía política del imperialismo, toda apelación a la soberanía se reduce a simulación discursiva y subordinación efectiva.
El reciente debate en torno a la presencia de agencias estadounidenses en territorio mexicano, detonada por un incidente de carácter menor, expuso una constante histórica: la incapacidad del discurso político nacional para formular adecuadamente el problema de la soberanía. Más allá de la coyuntura, lo que emerge es un déficit estructural de pensamiento crítico. La discusión pública se limita a denunciar o justificar el hecho, sin interrogar los fundamentos epistemológicos, económicos y geopolíticos que lo hacen posible.
La soberanía, tal como se discute en el espacio político mexicano, es una categoría vaciada de contenido material debido a la colonialidad persistente del poder, al desacoplamiento entre economía y política y a la subordinación estructural del Estado periférico al orden imperial contemporáneo.
La noción moderna de soberanía surge de la tradición ilustrada europea, articulada sobre la idea de Estados formalmente iguales, autónomos en su toma de decisiones y regulados por un derecho internacional racional. Este paradigma, funcional en su momento a la expansión del capitalismo europeo, se ha revelado históricamente incapaz de describir las relaciones reales de poder en el sistema mundial.
Desde una perspectiva decolonial latinoamericana, este modelo no es universal, sino particular y situado: responde a la experiencia histórica del centro, no a la de la periferia. América Latina nunca accedió plenamente a la soberanía moderna; fue incorporada al sistema mundial como espacio de extracción, disciplinamiento y experimentación. Persistir en este marco conceptual equivale a aceptar su fracaso como condición natural.
La colonialidad del poder no se limita al pasado colonial formal; se reproduce en las estructuras contemporáneas de saber, economía y política. El Estado periférico no es simplemente débil: es estructuralmente condicionado para operar dentro de márgenes definidos desde el centro.
La soberanía, en este contexto, no es negada explícitamente, sino administrada como ficción. El reconocimiento jurídico convive con la subordinación económica; la formalidad institucional coexiste con la dependencia estructural. Así, el Estado aparece como soberano en el discurso, mientras carece de capacidad real para decidir sobre los procesos fundamentales que afectan a su sociedad.
Uno de los ejes centrales de esta subordinación es la autonomización de la economía respecto de la política. En el capitalismo global contemporáneo, la economía no reconoce fronteras ni proyectos nacionales. Sus actores reales -corporaciones transnacionales, élites financieras, complejos productivos‑militares- actúan conforme a intereses macroeconómicos que exceden por completo la soberanía estatal.
Estos intereses encuentran en los Estados Unidos no solo un Estado nacional, sino el nodo articulador del orden económico global, el espacio donde confluyen decisiones estratégicas, financieras, tecnológicas y militares. Allí se definen las reglas, los límites y las excepciones del sistema.
La política estatal, en contraste, ha quedado reducida a la gestión administrativa de decisiones ajenas. Habla en nombre de la soberanía, pero carece de control sobre los flujos de capital, la arquitectura financiera, las cadenas productivas y las condiciones estructurales de la economía. La política no dirige la economía: la justifica a posteriori.
Sin una crítica radical de esta economía política del imperialismo, todas las clases políticas -independientemente de su signo ideológico- terminan subordinándose al mismo orden. La diferencia entre nacionalismo retórico y pragmatismo liberal es, en muchos casos, solo discursiva.
Por un lado, un nacionalismo vacío invoca la soberanía sin tocar los intereses económicos que la anulan. Por el otro, un liberalismo subordinado asume explícitamente la dependencia como destino inevitable, presentándola como racionalidad técnica o necesidad histórica. Ambas posiciones comparten un límite común: no cuestionan la estructura global que produce la subordinación.
Avanzar hacia una crítica decolonial del orden imperial no es inocuo. Denunciar la arquitectura económica y política que garantiza la reproducción de la hegemonía estadounidense implica asumir riesgos: sanciones, presiones diplomáticas, desestabilización financiera. Sin embargo, no hacerlo tiene un costo mayor: la renuncia definitiva a cualquier forma de autonomía significativa.
La soberanía no puede recuperarse dentro del marco que la despojó de contenido. Requiere un revisionismo epistémico radical, una descolonización del pensamiento político y una rearticulación conflictiva de capacidades estatales, sociales y regionales.
El debate contemporáneo sobre soberanía en México y América Latina no es insuficiente por falta de información, sino por falta de pensamiento crítico. Mientras la economía global opera sin fronteras y al margen del control democrático, la política continúa prisionera de una narrativa ilustrada agotada.
Es patético ver rasgarse las vestiduras por el suelo patrio y al otro día externar solidaridad por el atentado del capo del imperio Donald Trump, y peor, ver a los pseudo tribunos de la oposición declararse partidarios de la subordinación al imperio y pedir a gritos que venga a salvarles electoralmente para volver al “pinche poder”.
Pensar la soberanía hoy exige abandonar la comodidad del discurso y confrontar la realidad estructural del poder. Sin una ruptura epistémica decolonial y una crítica sostenida de la economía política del imperialismo, la soberanía seguirá existiendo únicamente como relato, legitimando un orden que la niega en los hechos.
Desde el suelo -desde la experiencia histórica de la periferia- la tarea no es defender una soberanía inexistente, sino imaginar y construir formas de poder capaces de disputar el orden que la volvió imposible.
Abril 2026
