La Atención Primaria en Salud (APS) es el eterno “primer nivel” que los sistemas sanitarios del mundo dicen venerar, pero que, en la práctica, tratan más como una sala de espera presupuestaria. Sin duda, políticamente es más rentable inaugurar hospitales que fortalecer redes de primer contacto que, operadas adecuadamente, evitan que los pacientes pisen un quirófano.
Desde la Declaración de Alma-Ata en 1978, el mundo firmó —con tinta solemne y memoria corta— un acuerdo fundamental en el que se establece que la salud debe ser un derecho garantizado a las personas a través de servicios accesibles, integrales y centrados en la comunidad.
Medio siglo después, el consenso sigue intacto en el discurso, pero fracturado en la realidad: la Atención Primaria en Salud continúa siendo el pilar más citado en los sistemas sanitarios y el menos financiado, pese a que, insisto, el primer contacto con los pacientes evitaría que muchos de ellos terminaran en un hospital o, en el peor de los escenarios, en un quirófano.
La Declaración de Alma-Ata —impulsada por la Organización Mundial de la Salud y UNICEF— no fue ingenua; fue incómodamente clara para los gobiernos y para el mundo entero, pues propuso una medicina que no se limita a curar, sino que previene, educa y organiza a la comunidad.
En otras palabras, se trata de que los gobiernos y las sociedades apliquen con claridad una medicina menos espectacular y más efectiva. Sin embargo, en los hechos, los sistemas sanitarios modernos parecen preferir la épica del quirófano de alta tecnología a la humildad de la consulta de barrio.
Como lo mencioné antes, políticamente es más rentable inaugurar hospitales que fortalecer redes de primer contacto en barrios, colonias, ejidos, pueblos y rancherías, donde, de haberse aplicado la atención primaria, los pacientes nunca habrían llegado a una intervención quirúrgica que, además, eleva el costo de operación de cualquier sistema de salud en el mundo.
Para mayor claridad, conviene detallar qué servicios comprende la Atención Primaria en Salud. Verá usted que se trata de acciones fundamentales que pueden desarrollarse en cualquier consultorio básico y que pueden evitar la saturación de hospitales de primer y segundo nivel, así como de alta especialidad:
Asistencia sanitaria a demanda, programada y urgente, tanto en consulta como en el domicilio del paciente; la indicación o prescripción y, en su caso, la realización de procedimientos diagnósticos y terapéuticos, ya sea en la unidad médica básica o en el hogar.
Asimismo, incluye actividades de prevención, promoción de la salud, atención familiar y comunitaria; acciones de información y vigilancia para la protección de la salud; rehabilitación básica; así como atención y servicios específicos dirigidos a la mujer, la infancia, la adolescencia, las personas adultas mayores, grupos de riesgo y pacientes crónicos.
Otras tres acciones de la APS son la atención paliativa a enfermos terminales; la atención a la salud mental, en coordinación con servicios especializados; y la atención a la salud estomatognática —conjunto de huesos, músculos, articulaciones, dientes y nervios de la boca y la cara, cuya función incluye la masticación, deglución, habla y respiración—.
El resultado es claro: estamos ante un sistema que castiga la lógica. Hospitales saturados con problemas que debieron resolverse en la puerta de entrada; profesionales agotados y pacientes que confunden el acceso garantizado a los servicios de salud con un peregrinaje para recibir atención médica.
Tal vez el problema no sea la falta de evidencia, sino la falta de voluntad para aceptar sus implicaciones. Apostar por la atención primaria exige redistribuir poder, presupuesto y prestigio dentro del sistema; significa aceptar que la medicina más valiosa no siempre es la más visible, sino la más cercana a la gente.
Hoy, la Atención Primaria en Salud, diseñada para ser resolutiva y cercana, se ha convertido en un filtro débil que no filtra, una promesa que no organiza. Y, sin embargo, cuando funciona —cuando hay continuidad, prevención y vínculo comunitario— los indicadores mejoran con una eficiencia que ninguna tecnología de punta logra replicar a gran escala.
Alma-Ata sigue ahí, como un recordatorio incómodo: sabemos exactamente qué hacer, pero lo verdaderamente radical, hoy en día, sería hacerlo.
Han pasado casi cinco décadas desde 1978 y lo lamentable es que, durante este tiempo, no solo no se ha avanzado lo suficiente, sino que se han profundizado las condiciones que deterioran la salud poblacional.
En México, el Sistema Nacional de Salud se encuentra en transformación, pero los debates se desarrollan en un ambiente de confrontación y politización.
Se discute en extremos opuestos sobre la forma en que deben ofrecerse los servicios de atención médica, predominantemente hospitalarios, perdiendo de vista que, en México —como en muchos otros países—, no existe ni ha existido un modelo integral de atención primaria.
Es impostergable promover un cambio de paradigma, reorientando los esfuerzos hacia la Atención Primaria en Salud y, con ello, avanzar hacia un nuevo Sistema Nacional de Salud Pública. Es momento de retomar este tema crucial para el presente y el futuro de nuestro país.
