En noviembre anterior Javier Duarte, preso en el Reclusorio Norte, estaba tan seguro de que pasaría la Navidad en su casa que organizó una pachanga en su celda y se preparó para que la jueza federal, Ángela Zamorano Herrera, le otorgara la libertad anticipada por haber cumplido el 90 por ciento de su condena y por buena conducta.
Pero la togada le echó para abajo su anhelo al ordenarle que cumpliera con los cinco meses que le faltaban y el exgobernador se quedó. Este martes debió salir en completa libertad de no ser porque hace unos días, el juez de control Gustavo Aquiles Villaseñor, le ratificó la prisión preventiva por el delito de peculado por 5 millones de pesos. Y si resulta culpable podría purgar hasta 14 años de prisión adicional.
A Javier lo conocí en Tamiahua cuando era candidato del PRI a la gubernatura y yo director de un diario en Tuxpan. Y contra lo que pudiera suponerse era un tipo agradable, campechano y (aparentemente) bien intencionado, con quien no tuve problemas para hacerle una breve entrevista.
Pero ya como gobernador aguas… el tipo se corrompió, le ganó el mal humor, la intolerancia y sobre todo la soberbia.
En noviembre del 2015 cuando estaba a todo lo que daba la efervescencia por la sucesión en Veracruz, el entonces líder estatal del PRI, Alberto Silva Ramos, aceptó comer con los periodistas del Grupo de los Diez y para sorpresa de los comensales, llegó acompañado de un invitado de lujo: el gobernador Javier Duarte.
Javier entró al Asadero Cien saludando a todos los periodistas de mano y bromeando con algunos. El motivo de su buen humor era que acababa de despedir en el aeropuerto a su amigo el presidente Enrique Peña Nieto con quien habló largo y tendido al pie de la escalinata.
Cuando se le preguntó si habían tocado la sucesión en Veracruz, Javier se removió en su asiento y sonrió. “Sí, hablamos de la sucesión y me dijo: ‘Javier, nunca me has fallado, pero es la decisión más importante de tu vida, no te puedes equivocar’, con lo cual me está dando la gran responsabilidad”.
¿Mintió Javier? Por supuesto que no. Imagina lector que hubiera puesto en boca del presidente palabras que éste no dijo. Uta no. Javier no mintió, pero al él sí le mintieron porque Peña Nieto jamás pensó dejarle la responsabilidad de la sucesión.
(¿Por qué los medios de comunicación no le dieron la debida difusión ese notición que hubiera sido de portada? Porque Duarte le debía y mucho a todo mundo y los medios no eran la excepción).
Lo que sí hizo fue embarrarle mucha crema a sus tacos: “El Presidente me tiene en gran estima; nunca he tenido un no de él. Siempre ha dicho que sí a todo lo que le he pedido”.
Sonriente a su lado, Alberto Silva escuchó lo que dijo de él su jefe y amigo: “Alberto es una opción (para la gubernatura) sin duda alguna, somos amigos desde hace muchos años y le tengo respeto. Pero tengo que analizar (a todos los aspirantes) de manera muy fría… bien me dijo el presidente que no me puedo equivocar”.
Lo cierto es que en ese noviembre Javier Duarte ya tenía en Alberto Silva a su candidato, al que prefirió por encima de Pepe y Héctor Yunes, Tomás Ruiz, Jorge Carvallo y Erick Lagos.
Pero como paradoja, a partir de esa comida de la que Duarte salió muy contento y Alberto Silva lo que le sigue a feliz, las cosas se le comenzaron al descomponer al gobernador. La alta estima en que lo tenía Peña Nieto sufrió un increíble bajón principalmente por el desfalco a las arcas estatales, la inacabable violencia y la falta de pago a jubilados, proveedores y trabajadores.
Quizá su mayor afrenta fue en enero del 2016 cuando Miguel Ángel Osorio Chong, lo llamó para decirle: “Sólo para avisarte que el bueno para Veracruz es Héctor Yunes y por mi conducto el presidente te ordena que lo apoyes”.
A partir de ese momento Peña Nieto no le recibió ninguna llamada y se negó a recibirlo cuando sin cita de por medio, Javier acudió a Los Pinos en un par de ocasiones.
La última vez que se les vio juntos fue en una ceremonia en Antón Lizardo a la que asistió Javier en calidad invitado de piedra, porque fue ignorado por el presidente.
Tras ese desaire fue despedido del PRI y se le vino la noche al en su tiempo poderoso y consentido gobernador veracruzano que este 14 de abril cumplió su condena de nueve años. Pero sigue en prisión porque hay otra acusación en su contra que puede alargar su noche otros 14 años.
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