Inusitado el festejo del cumpleaños 62 de Rocío Nahle.
Lo que debería ser un evento familiar se convirtió en un abierto culto a la personalidad característico de la época del fascismo o la era hitleriana.
Y bien se dice que en política nada es casual.
Desde la misma cuenta de Rocío Nahle se produjo desde las primeras horas de ayer la “auto felicitación” a tan distinguida gobernadora.
Luego el torrente de elogios.
Colaboradores, mas colaboradores y muchos más colaboradores inundaron las redes sacando las mejores fotos pixeleadas de la dama; presidentes municipales en desbordados encomios todos “muy orgullosos de estar a su lado”; diputados, senadores, empresarios amigos, consejeros de OPLE, periodistas chayoteros, contratistas favorecidos y hasta el ocurrente y singular personaje -el del sombrerito Roberto Ramos Alor- con mas fotografías de él que de la festejada.
Todos daban cuenta de tan señalada fecha.
Empleados de mediano rango -por instrucciones superiores- se sumaron a la fiesta -que digo fiesta, ¡Al pachangón! que arrancó con impostadas mañanitas… y flores y ¡Vivas! de parte de “Las Panteras” de Covaeb.
Los maestros, los sindicalizados, la burocracia en pleno no cabían en el encomio a tan memorable fecha que recuerda la vieja lección del culto a la personalidad, un fenómeno social y político donde se idolatra excesivamente a un líder, elevándolo a una figura casi divina o infalible mediante propaganda, control de medios y desinformación.
Eso pasó con Nahle.
Ya veíamos las redes sociales, el Facebook, “X”, Instagram y cuanta monería moderna que se observa a través de los celulares, a una mujer, la festejada, que lo mismo vestía de morado, en atención a Morena, que de jarocha o con su blusita autóctona y jeans de marca.
Nahle fue la estrella desde que salió el sol, la misma que evoca a Stalin, Hitler, Mussolini o a Kim Jong de Corea, versión totonaca.
Es la que nos recuerda las enseñanzas del pasado. Ese de la polarización ideológica puesta de moda por el obradorismo en donde se hace uso intenso de medios para glorificar al líder, presentando su imagen como la única salvación o la verdad absoluta.
Es -dicen los clásicos- “la creación de una narrativa heroica donde el dirigente es indispensable, excepcional y está por encima de las fallas humanas”.
Es el sometimiento ciego e incondicional.
Esperemos que para su próximo onomástico queden listos los monumentos, estatuas y retratos de quien -por los más- no es tan celebrada ni objeto de tanta exaltación al culto de su personalidad, ya que solo muestra la erosión de las instituciones y el abuso de poder.
Tiempo al tiempo.

*Premio Nacional de Periodismo