Para algunos fue nada. Un suspiro. Un “ay, no exageren”. Un simple cigarrillo –dicen– de ésos que se fuman con naturalidad, como si fuera tabaco light, aromático, orgánico y casi terapéutico. Para otros, fue hierba bendita; para muchos más, simple mota; y para los menos hipócritas, marihuana sin maquillaje.
Y ahí, justo en ese punto donde unos dicen “no pasa nada” y otros se hacen los sorprendidos profesionales, apareció Yerbi Mua –sí, Yerbi, porque después de esto, ya mutó– envuelta en humo, polémica y una nube espesa de omisiones oficiales.
Porque el debate no es si la gente fuma, prende, quema, rola o le da al gallo. Eso, a estas alturas, ya es conversación de sobremesa. El problema es dónde, cuándo y ante quiénes. No es lo mismo echarse un churro mientras escribes una columna, que aventarse un porro en un evento masivo, público, familiar, transmitido por autoridades y con autoridades a la vista… literal, a unos metros. ¡Hasta permiso pidió para quemarle las patas al Diablo!
Ahí la cosa cambia. Ahí ya no es “libertad”. Es responsabilidad. Y ésa, curiosamente, fue la que se fumaron primero… o no la fumaron!
Porque mientras Yerbi le daba a la Juanita –o a la Doña Juana, según el nivel de confianza–, alrededor había policía, organización, gobierno, logística y protocolo. O al menos eso se supone. Pero nadie vio nada. Nadie dijo nada. Y lo más increíble: Nadie olió nada! Y cuando nadie dice nada, alguien está fallando… o mirando para otro lado.
Legalmente, el asunto tampoco es tan etéreo como el humo. No se trata de moralina ni de persignarse por reflejo. Se trata de que el consumo en espacios públicos está regulado, de que hay responsabilidades administrativas, de que hay figuras que debieron actuar. No detener, no regañar, no sancionar… pero sí marcar un límite. Y no lo hicieron. Porque a veces la omisión es más cómoda que la acción, sobre todo cuando el reflector apunta a una influencer y no a un ciudadano.
Y entonces pasa lo inevitable: el cigarro deja de ser cigarro y se convierte en símbolo. Yerbi no sólo quemó mota. Quemó el protocolo. Quemó a la autoridad. Quemó el “luego vemos”. Quemó la línea entre lo permitido y lo tolerado por conveniencia. Y, de paso, dejó en cenizas la credibilidad de quienes debieron intervenir y prefirieron hacerse humo.
Lo irónico es que, al final, ella seguirá con su carrera, sus redes y su personaje. Pero las autoridades… ésas sí quedaron chamuscadas. Porque en un país donde todo se regula, todo se persigue y todo se castiga –menos cuando conviene–, no hacer nada también es una forma de decir mucho.
Así que no. No fue solo un cigarro. Fue mota, fue pasto, fue hierba, fue gallo, fue porro…
y fue, sobre todo, una fumada monumental a la autoridad.
Y que alguien abra la ventana, porque todavía huele a petate quemado…