Nemi, Othón, Franco, y estoy seguro que más amigos, hicieron el favor de pasarme por Whatsapp el libro que desde el inicio de esta semana, ha hecho bastante bulla: “Ni venganza ni perdón”, de Julio Scherer Ibarra.
319 páginas pero por principio me interesé por las que de un modo u otro, llaman mi atención: la cita a veracruzanos.
Hay libros que explican el pasado… y hay libros que explican el presente sin querer.
“Ni venganza ni perdón” es uno de ésos.
Julio Scherer Ibarra, sin proponérselo, dejó en unas cuantas páginas el retrato más preciso del reparto real del poder en Veracruz durante la campaña de 2018 y que explica mucho de nuestros tiempos actuales. Ahí están los nombres. No hace falta subrayarlos; basta leer entre líneas.
La lideresa era Rocío Nahle. Así, sin rodeos. “Mandaba, operaba y decidía”, escribe. No lo sugiere: lo afirma.
El candidato era Cuitláhuac García. “Popular, populachero, bailaba, convivía con la gente”. El que caía bien (lo dice Scherer, no yo). El que llenaba la foto. El que hacía campaña a ras de suelo. Pero no necesariamente el que trazaba la estrategia.
El coordinador formal era Manuel Huerta. O más bien “de formol”…
Scherer es cruel en una sola frase: estaba “totalmente opacado” por Rocío.
Y como en toda buena historia política, hay un cuarto personaje que no sale en portada, pero sí en la operación:
Eric Cisneros, el famoso Bola 8. Segundo de Rocío en campaña.
“Ella tenía un segundo, un agente que la ayudaba mucho, Erick Cisneros –el Bola 8–, exintegrante del equipo de Leonel Cota. Luego fue secretario de Gobierno con Cuitláhuac y terminó fuera del gabinete cuando se supo que hizo todos los desmanes posibles. Hasta donde se sabe, terminó peleado con Rocío”.
¿Recuerdan la desconocida de Doberman que le dio hace poco la Gobernadora?
El episodio del estadio Luis “Pirata” Fuente lo dice todo. ¿Lo recuerdan?
Cuitláhuac propone hacer el cierre de campaña ahí. Pantallas para que la gente vea el partido de la selección mexicana contra Corea del Sur. Gran ideota… en teoría. En la práctica, Yunes les bloquea la calle por donde entraban los camiones. El estadio se queda semivacío. El golpe mediático estaba hecho. Y entonces López Obrador los regaña.
Llama a Rocío. Llama a Huerta. Llama a Cuitláhuac. Llama a Scherer. Y les dice que había advertido que no hicieran actos en estadios. Logística: Se sabe mejor el número de personas a diferencia de hacerlo en espacio abierto. Fue el único regaño fuerte de toda la campaña.
Ahí quedó expuesta la inexperiencia logística del candidato. Porque una cosa es “conectar” con la gente… y otra saber mover camiones, prever bloqueos y leer al adversario… ¡ah! Y entender el porqué AMLO decía que cero mítines en estadios…
El poder real, en ese momento, no estaba en quien bailaba y payaseaba. Estaba en quien decidía.
Y quizá ahí también empezó el germen del resentimiento. Porque si el coordinador era Huerta, quien mandaba era Nahle. El desplazamiento no fue simbólico: fue político.
Después vino el gobierno. Cuitláhuac fue Gobernador. Bola 8, vicegobernador. Huerta, delegado de Bienestar y Nahle se fue al Gabinete de AMLO.
En Veracruz fue la estratega. En la Secretaría, el tablero era otro. Ahí el peso histórico, técnico y burocrático lo tenía Manuel Bartlett. Y en política, cuando alguien con décadas de colmillo te susurra al oído, no es consejo: es dirección.
Mientras tanto, en Veracruz, Cisneros crecía. Luego caía. Huerta observaba. Cuitláhuac dizque gobernaba. Y el libro, sin proponérselo, dejó una moraleja:
En campaña hay liderazgos visibles… y liderazgos reales.
Hay candidatos “simpáticos”… y operadores duros. Y hay coordinadores que un día se dan cuenta de que coordinaban… pero no decidían.
Lo demás del libro, me lo echo con más calma…