Por más que busqué ideas y palabras entre algunos de los principales dirigentes de la oposición mexicana; por más que intenté articular, a partir de sus entrevistas, conferencias de prensa, participaciones televisivas, programas de radio y publicaciones en redes sociales, algún razonamiento que me permitiera reconocer con claridad una propuesta alternativa de país, terminé encontrándome una y otra vez con un pequeño repertorio de palabras: “Carácter”, “Cínicos”, “Corruptos”, “Narcogobierno”, “Hay que sacarlos del gobierno”, “Echar para adelante”.
No sostengo que los partidos de oposición carezcan literalmente de documentos programáticos. Los tienen. Presentan plataformas electorales, agendas legislativas y propuestas sobre diversos problemas nacionales.
El problema que me interesa es diferente: ¿por qué esas propuestas parecen tener una presencia pública mucho menor que la descalificación del adversario?, ¿dónde está la idea de México que pueda reconocerse inmediatamente cuando hablan sus dirigentes?, ¿dónde está el razonamiento que explique no solamente qué rechazan de Morena y de la llamada Cuarta Transformación, sino qué interpretación diferente tienen del país?
Porque elaborar una plataforma y construir una alternativa política socialmente reconocible no son exactamente la misma cosa.
Una plataforma puede existir documentalmente, en cambio un proyecto de país necesita además convertirse en lenguaje político, explicación, narrativa, discusión pública y horizonte reconocible para los ciudadanos.
Ahí comienza el problema que quiero analizar.
Que la oposición en México ha convertido la política en adjetivos.
Una parte significativa del discurso público opositor parece haber encontrado en el adjetivo un sustituto extraordinariamente eficaz de la argumentación: “Corrupto”, “Cínico”, “Autoritario”, “Narcogobierno”.
Cada palabra condensa una acusación compleja y posee una enorme eficacia comunicativa: cabe perfectamente en un encabezado, en un tuit, en un meme, en un video de veinte segundos o en una intervención televisiva.
El pensamiento tiene otra dificultad, necesita tiempo, explicar, demostrar, datos, causalidad, necesita confrontarse con argumentos contrarios, pues con ese reduccionismo falaz más que apelar a la razón se apela a los sentimientos, por eso cuando vemos hablar al presidente del PRI Alito, el expresidente Fox, al comunicador Alazraki, entre otros, e incluso, a algunos conductores de tertulias de “análisis” político en televisión y redes sociales, dan la impresión que piden vehementemente que den como verdad su monótono vocablo y afirmaciones.
Y necesita incluso admitir la incómoda posibilidad de que el adversario pueda equivocarse en unas cosas y acertar en otras.
Pensar políticamente es mucho más difícil que adjetivar políticamente.
Pero una democracia no puede reducir indefinidamente su deliberación pública a una guerra entre adjetivos.
Así vemos que ocho años después, desde la elección presidencial de 2018, la oposición en México sigue portándose igual. Ocho años representan un periodo suficientemente amplio para que cualquier fuerza política examine derrotas, interrogue sus diagnósticos, reconstruya su identidad, convoque especialistas, dialogue con universidades, empresarios, trabajadores, organizaciones civiles y comunidades, revise paradigmas y produzca una interpretación alternativa de México, pero no ha sido así.
Es también tiempo suficiente para desarrollar una gran discusión nacional: ¿qué modelo económico requiere México?, ¿qué debe hacer el Estado frente a la desigualdad?, ¿cómo enfrentar al crimen organizado?, ¿qué política educativa necesita el país?, ¿qué sistema de salud?, ¿qué federalismo?, ¿qué estrategia energética?, ¿qué política científica y tecnológica?, ¿qué posición debe asumir México frente a Estados Unidos, China y la transformación del orden internacional?, ¿qué elementos de las políticas actuales deben conservarse y cuáles modificarse?, en fin, una serie de situaciones de la esfera pública que todo partido político se ve obligado a responderse para ser una opción política, pero no ha sido así.
En esas preguntas podría haberse desarrollado una formidable lucha política, una verdadera lucha de ideas.
Desafortunadamente buena parte de su conversación pública ha continuado organizada alrededor de otra lógica: demostrar diariamente que el adversario es corrupto, autoritario, incompetente, mentiroso, cínico o peligroso.
Haciendo parecer que se quedaron con la idea de éxito que tuvo someter a AMLO a la estrategia mediática de señalarlo como, “AMLO un peligro para México”, y que se atribuyen les funciono, o cuando menos retardo su llegada al poder público, y que esa misma estrategia les servirían ahora para volver “al pinche poder”, pero ha pasado 8 años y todavía no se dan cuenta que no es suficiente.
Puede haber acusaciones fundadas y acusaciones infundadas. Cada una debe examinarse separadamente y con evidencias.
Mi argumento no depende de resolverlas todas, es otro: aun cuando una denuncia sea cierta, denunciar al adversario no equivale todavía a construir una alternativa.
La guerra mediática tiene sus límites, y parece que la oposición en México no se ha dado cuenta o no se quiere dar cuenta.
Las tecnologías digitales transformaron profundamente la competencia política, así que hoy es posible multiplicar un mensaje a una velocidad inimaginable hace apenas dos décadas.
Redes organizadas de cuentas, automatización, influencers, publicidad segmentada, memes, videos breves, hashtags, medios digitales y distintos mecanismos de amplificación pueden conseguir que una expresión alcance una enorme presencia en el espacio público, competencia desleal a la democracia que mostró el caso del argentino Cerimedo en Sudamérica.
Pero aquí aparece una distinción fundamental: una cosa es producir circulación y otra producir persuasión.
Una frase puede aparecer millones de veces sin convertirse necesariamente en una convicción.
Una tendencia puede dominar durante horas una plataforma digital sin representar a la sociedad entera.
Miles de cuentas pueden repetir una acusación sin que ello demuestre automáticamente su aceptación ciudadana.
Millones de reproducciones no equivalen necesariamente a millones de ciudadanos persuadidos.
La política contemporánea corre permanentemente el riesgo de confundir circulación con persuasión, y quizás ahí se encuentre uno de los límites estructurales de las llamadas guerras mediáticas.
Puede saturarse el espacio informativo, conseguirse notoriedad, instalarse una palabra, puede incluso conseguirse que determinados significantes formen parte del vocabulario cotidiano, pero existe un territorio al que ningún algoritmo entra automáticamente: la conciencia del ciudadano.
Entre recibir un mensaje y creerlo existe una distancia, entre creerlo y considerarlo políticamente importante existe otra, y entre considerarlo importante y convertirlo en una decisión política existe todavía otra más. Ese recorrido no puede darse por supuesto.
Los resultados electorales tampoco deben utilizarse simplistamente, como hace la oposición en México.
Una elección es un fenómeno multicausal. Intervienen candidatos, gobiernos, economía, identidades partidistas, campañas, organización territorial, acontecimientos coyunturales, liderazgos, participación ciudadana y muchas otras variables.
Por ello, los siguientes datos no demuestran que una determinada estrategia mediática haya provocado un resultado electoral.
Sí permiten, en cambio, observar la dimensión del fenómeno y formular preguntas.
2018 Andrés Manuel López Obrador — Juntos Haremos Historia 30,113,483 53.19% Ricardo Anaya — Por México al Frente 12,610,120 22.27% 30.92 puntos porcentuales.
2024 Claudia Sheinbaum — Sigamos Haciendo Historia 35,924,519 59.75% Xóchitl Gálvez — Fuerza y Corazón por México 16,502,697 27.45% 32.30 puntos porcentuales.
Fuente: cómputos distritales del Instituto Nacional Electoral. En 2018, el INE registró 53.19% para Andrés Manuel López Obrador y 22.27% para Ricardo Anaya. En 2024 registró 59.75% para Claudia Sheinbaum y 27.45% para Xóchitl Gálvez. Las coaliciones y circunstancias de ambas elecciones fueron distintas, por lo que la comparación describe resultados y no establece causalidad.
El cuadro dice algunas cosas y no dice otras.
No demuestra que la oposición haya perdido como consecuencia de las redes sociales, que una campaña diferente hubiera producido otro resultado, que todas las estrategias opositoras hayan sido iguales durante esos años.
Pero sí muestra algo difícil de ignorar: entre las elecciones presidenciales de 2018 y 2024, la distancia porcentual entre la candidatura ganadora y la principal candidatura competidora no disminuyó; pasó de 30.92 a 32.30 puntos porcentuales.
Ese dato no autoriza una respuesta automática.
Autoriza una pregunta: ¿no merece ser sometida a revisión crítica una forma de hacer oposición que, durante esos años, ha concedido una enorme centralidad a la confrontación mediática y a la descalificación del adversario?
Ahora bien por qué la oposición mexicana insiste en la misma estrategia e ignora los análisis científicos de la política.
Ahí aparece algo que me resulta particularmente difícil de comprender.
Una estrategia política debería también aprender de la experiencia, no necesariamente para abandonarse ante una derrota, porque una elección perdida no demuestra por sí misma que todas las ideas defendidas sean incorrectas.
Pero sí para interrogarlas: ¿qué funcionó?, ¿qué no funcionó?, ¿qué diagnóstico fue equivocado?, ¿qué mensaje no consiguió comunicarse?, ¿qué sectores sociales no fueron comprendidos?, ¿qué transformaciones del país fueron subestimadas?, ¿qué debería reformularse?
La política democrática implica también capacidad de aprendizaje, lo extraño sería convertir la reiteración de una estrategia en prueba de su propia corrección.
Si durante ocho años una determinada manera de confrontar al adversario no ha producido el resultado político esperado, existen al menos razones suficientes para examinarla críticamente.
No para sustituir un eslogan por otro, sino para regresar al lugar del que nunca debió salir la política: el pensamiento.
Podemos decir que la estrategia política de la oposición en mexico es el no, o la negación como identidad,
Hay además un problema filosófico, pues una fuerza política puede organizar temporalmente su identidad mediante la negación: “no somos ellos”, “no haremos lo que ellos hacen”, “ellos son corruptos”, “ellos destruyen el país”, “hay que sacarlos”.
Pero la negación contiene un límite lógico elemental, pues nos dice con claridad aquello que rechazamos, pero todavía no nos explica aquello que queremos construir.
Cuando una identidad política se organiza excesivamente alrededor de aquello que niega, aparece además una extraña dependencia respecto del adversario.
Si el adversario afirma A, respondo no-A, si habla el presidente, mi discurso responde al presidente, si habla la presidenta, mi agenda vuelve a organizarse alrededor de la presidenta, si gobierna Morena, una parte sustancial de mi identidad consiste en ser anti-Morena.
El adversario termina organizando incluso el lenguaje de quien pretende combatirlo.
Por eso puede formularse un experimento intelectual sencillo: si mañana desapareciera Morena, ¿qué quedaría inmediatamente reconocible del discurso opositor?, ¿qué política económica?, ¿qué teoría del Estado?, ¿qué proyecto educativo?, ¿qué modelo de seguridad?, ¿qué horizonte social?, ¿qué idea de México?
La pregunta importa porque permite distinguir entre dos conceptos que frecuentemente confundimos: oposición y alternativa.
Toda alternativa es oposición frente a algo existente, pero no toda oposición consigue constituirse en alternativa.
Estoy convencido que las estretegias cerimedos si bien todavía no se a legislado para declararlas de ilegales, y puedan castigarse, son contrarias a la esencia de la democracia y la civilidad, pues creo que ¡No se necesita mentir para ganar!
La frase contiene una concepción de la política, no debería ser necesario inventar acontecimientos, fabricar acusaciones, distorsionar estadísticas o saturar artificialmente el espacio informativo para participar en una democracia.
Pero existe una segunda dimensión igualmente importante: tampoco debería ser necesario empobrecer intelectualmente la política para competir políticamente.
La democracia adquiere mayor densidad cuando proyectos distintos pueden encontrarse frente al ciudadano y decir: éste es mi diagnóstico; éstas son mis evidencias; ésta es mi explicación causal; éstas son mis propuestas; éstos son sus costos; éstos son sus riesgos; éstos son sus posibles beneficios; y ésta es la sociedad que imagino construir.
Después, el ciudadano decide.
Ése es precisamente el acto democrático.
Debemos pasar de la actual guerra de significantes a la disputa de ideas, con ello, no propongo eliminar la crítica, pues sería absurdo.
La oposición existe precisamente para vigilar, cuestionar, investigar y confrontar al poder.
Una democracia sin oposición sería una democracia mutilada.
La cuestión es otra: qué ocurre cuando la crítica termina sustituyendo al proyecto.
Y qué ocurre cuando la comunicación política comienza a creer que la acumulación de impactos digitales puede sustituir a la elaboración intelectual.
Las granjas, los bots, la propaganda, los influencers y las estrategias de amplificación poseen capacidad para intervenir en el ecosistema informativo, pero tienen límites.
Pueden multiplicar una frase, pero no pueden garantizar que sea cierta.
Pueden amplificar una acusación, pero no pueden demostrarla.
Pueden colocar una palabra frente a millones de ojos, pero no pueden obligar a millones de conciencias a incorporarla del mismo modo.
Y, sobre todo: no pueden construir por sí mismas un proyecto de país.
Eso todavía requiere algo profundamente humano y sorprendentemente antiguo: pensar, razonar, argumentar, escuchar, contrastar, proponer.
Así que debemos volver al debate de las ideas, quizás ahí se encuentre la discusión que México necesita recuperar.
Gobierno y oposición poseen interpretaciones diferentes del país, perfecto.
Que las expongan, que presenten datos, que discutan políticas económicas, que confronten modelos de seguridad, que comparen sistemas de salud, que debatan educación, que expliquen cómo entienden la desigualdad, que discutan energía, soberanía, justicia, democracia, inteligencia artificial, desarrollo tecnológico, productividad, salarios y el lugar de México en el mundo.
Ahí existe una confrontación mucho más importante que cualquier tendencia de X.
La democracia no debería decidir cuál ejército digital produce el hashtag más poderoso, debería permitir que los ciudadanos comparen explicaciones diferentes de la realidad y proyectos diferentes de futuro.
Ocho años constituyen tiempo suficiente para haber desarrollado esa discusión.
Y los resultados electorales de 2018 y 2024, sin explicar por sí solos sus causas, ofrecen razones suficientes para preguntarse si la reiteración de la descalificación y la amplificación mediática puede sustituir indefinidamente esa tarea.
Tal vez el problema fundamental no sea encontrar una palabra más agresiva para definir al adversario.
Quizás sea recuperar una palabra mucho más modesta y, al mismo tiempo, mucho más revolucionaria: pensar.
Porque una democracia no se fortalece cuando consigue fabricar mejores enemigos, se fortalece cuando permite construir mejores argumentos.
Y quizá la pregunta que ninguna granja digital, ningún bot y ningún ejército de cuentas podrá responder por nosotros siga siendo la misma: ¿qué México queremos construir?
Septiembre de 2026
