Por Juan Iván Salomón

Hay dos vertientes en lo del delito de ultrajes a la autoridad.

Por un lado imagine que lo detiene un policía u oficial de tránsito, le exige sus documentos y usted protesta porque no ha cometido ninguna infracción.

El servidor público le advierte en tono imperativo y provocador:

–No me insulte ni me levante la voz o lo arresto por ultrajes a la autoridad.

Lo más seguro es que usted, reaccione indignado porque sabe que no está cometiendo ningún delito, o de plano se quedará callado para no complicar el problema… y podría ser injustamente encarcelado.

Si lo vemos desde otro ángulo, algunos participantes de una manifestación humillan y agreden a los policías. Estos aguantan vara porque han recibido  órdenes superiores de no lastimar a nadie.

Incluso hay policías y militares que son atacados y desarmados por peligrosos delincuentes que portan mejores armas. O guardias de oficinas públicas que son ofendidos sin justificación por estresadas personas que acuden a tramitar asuntos burocráticos.

¿Qué procede entonces? Por un lado tenemos policías vejados por civiles. Por el otro, pacíficos ciudadanos vinculados a proceso y encarcelados por ultrajes a la autoridad. La solución no es fácil y tampoco imposible. Ahí les va esta ingenua propuesta: cero tolerancia a delincuentes armados. Respeto total a los derechos humanos de la gente pacífica.

(Por cierto, el senador Ricardo Monreal se anotó un 10 al lograr que un juez federal ordenara la liberación de los 6 jóvenes veracruzanos acusados de ultrajes a la autoridad).

NAVIDAD, NAVIDAD, NAVIDAD

En navidad, la tía Canuta y el tío Cleto narran chascarrillos y anécdotas de sus tiempos. De tanto repetirlos, los hemos aprendido de memoria. A veces agregamos nuevas historias. Como la de este año:

Hubo una época en que los padres de Yaretzi López (mi crush) disfrutaban de holgada posición económica y se daban el lujo de viajar de vez en cuando al extranjero. En aquella ocasión fueron a Egipto. Yaretzi tendría 13 o 14 años aunque aparentaba más edad. Eran los días previos a la navidad y paseaban felices por las calles de El Cairo. Al día siguiente visitarían Luxor.

La guía del grupo de turistas se acercó a los López, les habló al oído y señaló discretamente hacia un restaurante donde un hombre ataviado con fina vestimenta y elegante turbante los observaba fijamente, rodeado de presuntos sirvientes. El árabe los saludó a la distancia juntando las palmas de sus manos a la altura del pecho e inclinando levemente la cabeza.

Los López correspondieron al saludo, dijeron algo a la guía y se encaminaron  apresuradamente y nerviosos hacia su hotel. Ya de regreso en México, Yaretzi se enteraría por boca de sus padres de lo ocurrido en El Cairo:

Le comentaron que el potentado árabe había ofrecido una fuerte cantidad de dinero como dote por casarse con la chamaca. Años después, a Yaretzi le queda aún la duda de si habría sido real la oferta matrimonial o un simple malentendido por problemas de traducción.