Es indudable la vocación intervencionista del gobierno estadounidense, la trae en su genética lo mismo que el ímpetu expansionista desde la integración de las trece colonias formadas por inmigrantes venidos del “viejo” continente. México se encuentra entre las víctimas de ese expansionismo, más de la mitad de su territorio original forman parte del sur estadounidense. “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, repetía con frecuencia el presidente Porfirio Díaz sin ocultar su preferencia hacia inversiones provenientes de Francia e Inglaterra. La cercanía territorial con la economía más fuerte del orbe, que se acompaña con la capacidad bélica de ese país, coloca a México en una ambivalencia porque aprovechando esa cercanía ha formulado estratégicos e acuerdos en materia económica para estimular nuestro crecimiento económico, industrial y comercial. La geopolítica actual hace de México un socio obligado de los Estados Unidos, con las correspondientes consecuencias.

Después del trauma político de la Decena Trágica y la comprobada intervención del embajador estadounidense en la trama que desembocó en la muerte del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez, durante muchas sucesiones gubernamentales un comentario de vox populi era central: el candidato a la presidencia debía contar con la simpatía de Washington. Fueron tiempos del México rural. Pero este país creció y se convirtió al urbanismo. Las crisis económicas de los años ochenta derivaron en el surgimiento de una clase política diferente a la tradicional, emergida de los cubículos del Banco de México, fueron conocidos como “tecnócratas”. Ascendieron al poder político con De la Madrid, primero, seguido por Salinas de Gortari, quien incorporó a México al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Junto al crecimiento económico surgieron lacras sociales, la delincuencia organizada en primer término, convertido ahora en genuina narcocracia por su dominio territorial y su penetración en el ámbito del poder político en los tres órdenes de gobierno. En Estados Unidos observaron esa plaga sin inmutarse hasta que sienten el fuego ya muy cerca. El arribo de López Obrador a la presidencia y su inclinación procastrista, Chinófila y rusófila alertó al gobierno del norte, entonces afinaron estrategias para detener una marea en su contra. La política migratoria y la lucha antidrogas han sido la punta de lanza de ese despertar estadounidense. Es el gobierno sucesor de AMLO quien ahora sufre la presión, y la califica de injerencia, pero es un movimiento de autodefensa de aquel gobierno que emprende acciones contra lo que llama redes políticas de protección al narcotráfico con la correspondiente advertencia de “buscar, identificar y responsabilizar a políticos y funcionarios que colaboren con organizaciones criminales”. El aviso no es por motivos electorales sino razón de Estado, de allí que nada sorpresivo sería que pasen de la palabra a la acción. Es probable, también posible.