Las cosas que pasan en Europa hacen sentir que los mexicanos vivimos en la Edad de Piedra. Te cuento. Viajamos de Burdeos a Biarritz para conocer ese paraíso de la mitad del siglo pasado. A dónde viajaba la realeza y toda la gente de alto pedo de Europa y los wannabees de América. Peeeero. Antes de llegar estábamos pensando que hacer con el equipaje, pues ya en el tren rápido, nos enteramos que no había espacio para guardar equipaje con paga, en la estación de tren. Que por cierto, es una estación chiquita y pinchurrienta.
Estamos decidiendo si nos seguimos a Irune, porque allí se sube uno a un tranvía que nos lleva al centro de San Sebastián, y de allí tomar un taxi al hotel. Cuando una persona nos sugiere seguirnos sin pagar boleto de tren. Alguien comenta que si nos agarran, nos cobran una multa enorme, pero que la probabilidad es mínima.
Mi alma negada a lo mexicano, me impide hacerlo y me pongo a buscar como comprar los boletos de tren. Comienza a fallar el wifi del tren. Encuentro Boletos pero para la noche, no para el tren en el que voy, a pesar de estar vacío. Estamos discutiendo si los compro y nos seguimos, cuando de repente, llega el sujeto que me tiene que ayudar por ser ¨handicap¨. Nos hecha a perder el plan y nos bajamos.
Total, que no hay donde dejar el equipaje, y decidimos continuar. Ya no en un tren rápido sino en un tren de cercanías. En España y Francia, con como las AU mexicanos locales, pero sin gallinas en el camión (en el tren). Te subes, y van pueblito por pueblito, parando en cada uno. Super bonito, elegante, con baño, espacio para silla de ruedas. Allí metí la pata una vez más. Me puse a platicar con un Argelino en francés, comentando el pleito que traen ellos con los Marroquíes por el Sahara Oriental, y resulta que al final cuando se baja, veo que va de guía de turistas de una familia marroquí. Por eso me respondía en monosílabos, aunque los marroquíes hablaban en árabe con él.
Total, en este tren de cercanías no te ponen nombre en los boletos, pero, el tipo que me ayudó por handicap en Biarritz dió aviso a la estación de Henday que es el fin de la ruta. Y allí comienza el milagro. Llega el tipo que tiene que ayudarme, pero entra directamente al carro en el que voy. Como buen francés, al darse cuenta de que somos mexicanos, se pone a hablar como el diablo lo persiguiera, rapidísimo. Y así yo no le entiendo. Le pido a mi hija mayor que lo escuche y resulta que llegó preguntando por mi nombre, y nos decía que si habíamos perdido una computadora. Mi bella genio le dijo que no, pero dudó de el resto, los tontos de la familia. Cada uno, mi hija pequeña, mi yerno y yo, revisamos y traíamos nuestros equipos. Ella por no dejar, buscó, y ¡oh sorpresa! Ella había dejado el IPAD en el tren de Biarritz. (En el que sí llevamos asientos numerados). Como es tren rápido llegó primero a Henday y allí encontraron al limpiar el tren su IPad.
Mientras tanto, el ayuda para handicap nos comienza a guiar. El pinche flojo, no me empuja. Solo me guía… hay que cruzar por debajo de las vías en unas escaleras. Me lleva a otra opción. Uno en su ingenuidad piensa que es un ascensor. Nooooo!!! Es llegar al final de la estación, unos 500 metros, y cruzar las vías por un vado, porque no alcanzó el presupuesto para el elevador. Me comienzo a retrasar, practicando el mexicano arte de hacerme pendejo, y el tipo se desespera y ya decide empujar mi silla. Interesante que avisó que cruzaríamos las vías, y todos los trenes detenidos esperando que pasáramos. Un cruce de no más de un minuto.
Ya en la estación se recupera el IPAD y nos sugieren caminar 50 metros hacia el tranvía. Ya en territorio español, el ambiente es diferente. Más amigable, aunque sean Vascos, secos y codos.
En el tranvía, comentamos que no tenemos idea de donde bajarnos. Como buenos españoles, metiches a morir, tres personas diferentes nos dan la explicación. Uno incluso se baja en la misma estación que nosotros para explicarnos donde hay que agarrar el taxi.
Esa tarde estoy medio aburrido, y no he cumplido mi cuota de molestar a cierto número de personas al día. Así que decido publicar en mi muro un comentario sobre lo feas que están las españolas. Siendo muchos de mis lectores y lectoras descendientes de españoles, seguramente habré cumplido mi cuota diaria de número de personas a las que hago repelar. Más tarde leo los comentarios, y me muero de risa por mi travesura.
En la noche, decidimos ir a beber vino (yo no bebo) y a consumir pintxos, que son las tapas del país Vasco. Resulta que medio San Sebastián está en la calle. Conmemoran con desfile, batalla, cañonazos, etc., el incendio de la ciudad el 31 de agosto de 1813 cuando la guerra civil de independencia. Interesantes las costumbres de los naturales de la zona. Subo algunos videos a mi muro. A punto estuve de tomar fotos de las españolas mas feas, que no escasean, para subirlas al muro, pero pensé que sería demasiado molestar a toda la paisanada, así que me quedo frustrado.
Todos los taxistas buena onda, con el apoyo para movernos con la silla de ruedas. Al día siguiente en el desayuno, el huevo horroroso. Revuelto pero parece plástico, y es que según el chef (encanijado porque le dije), en el país Vasco no según puede servir huevo medio crudo, y luego inventa que cada quince días los de sanidad revisan. Le pregunto si no tienen otra cosa que hacer los inspectores, y muy digno me dice ¨Aquí la autoridad cumple su trabajo…. No como en otros países¨. Yo le respondo, ajá, en mi país la autoridad no cumple con su trabajo, y muchos trabajan para los cárteles. Pero no pierden su tiempo, cuando menos hacen dinero para ellos mismos en lugar de estorbar y obligar a que la comida sepa horrible. Nosotros somos orgullosamente de la Edad de Piedra.
Esperamos que el milagro de que apareciera el IPAD, de que llegaran directamente al carro del tren donde yo estaba, que preguntaran por mí, y que pensaran que fuimos a ese pueblo para recoger el IPad nos cambie la suerte. Mientras, no permito que ningún perro se me acerque.
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